REDUCTOS DEL SUR Y NUEVA CAMPAÑA
En febrero de 1820 y después de la victoria del Partido Federal que provocó la caída del Directorio, las provincias del Rio de la Plata que pretendían formar un solo país quedaron sin gobierno central.
Esta situación, dejó a José de San Martin sin respaldo legal de su autoridad, por lo que renunció frente a los oficiales argentinos, pero estos, dirigidos por el coronel Enrique Martínez, rechazaron su renuncia.
Nuevamente ratificado por sus generales, siguió al mando del Ejercito Libertador de Los Andes, por lo que regresó a Santiago para preparar la logística de la expedición Libertadora del Perú y organizar la flota del pacifico acantonada en Valparaíso.
El Gobierno de Chile determinó que San Martín fuera el comandante en jefe de la expedición que, producto del aporte chileno con recursos y naves, contribuyó con la formación de su escuadra, por lo que navegaría bajo bandera chilena al mando de Lord Thomas Cochrane.
Finalmente, San Martín fue designado general en jefe y general del Ejército de Chile, por lo que dos días después, le fue conferido “ad honorem” el grado de capitán general del estado de Chile.
Mientras en el sur, las tropas realistas de Vicente Benavides que habían rechazado a las fuerzas patriotas en Osorno, crecían y se reorganizaban con el ingreso de mapuches, mercenarios, bandoleros y cuanto criminal quisiera unirse.
Como método reaccionario de lucha, habían declarado la “guerra a muerte” contra los patriotas, desatando un conflicto cruel y sanguinario que asolaba los pueblos de la frontera sur, robando y asesinando, para luego perderse en montoneras que sembraban el terror en la región austral.
Ante esta situación, el gobernador Bernardo O’Higgins nombra a Ramón Freire como intendente de Concepción, enviándolo, con sus famosos “Dragones y cazadores”, a restaurar el orden y acabar “de cualquier manera” con la montonera realista de Benavides.
Así, mientras Freire se hacía cargo de una abandonada región devastada por la interminable guerra, intentando sin recursos ni apoyo de la capital, reorganizar las ciudades y pueblos destruidos del sur, el autoritario O´Higgins que solo, se preocupaba de la próxima campaña del Perú, obsesionado además con el “orden” y la lucha contra el supuesto “enemigo interno carrerista”, destinaba los pocos recursos patriotas a la expedición de San Martin, aplicando impuestos y gravámenes a todos los territorios de la naciente república, incluidos los devastados al sur de Concepción.
A principios de marzo de 1820, los generales Juan Ramón Balcarce y Miguel Estanislao Soler lideraron una revuelta que derrocó a Sarratea, quien se refugió en el campamento federal.
En medio de la confusión y el desorden provocado por la asonada, algunos partidarios de Alvear lo convencieron de desembarcar en Buenos Aires, para sacar partido de la situación.
Pero su intervención, que apenas duró una semana, solo debilitó al gobierno de Balcarce sin beneficiarlo a él, por lo que Sarratea, sostenido nuevamente por Ramírez y Carrera, volvió a ocupar el sillón de gobernador.
Para deshacerse de la amenaza que presentaba Soler al frente del ejército, Sarratea llamó a Alvear, quien se encontraba refugiado en la goleta "Brac" y creyendo que finalmente había llegado su hora, en la noche del 25 de marzo de 1820, Alvear desembarcó subrepticiamente para liderar un complot contra Soler, quien fue puesto en prisión.
Pero esta asonada de Alvear tampoco tuvo éxito, esta vez por la falta de apoyo del Cabildo porteño, dominado por los mismos personajes que habían contribuido a su derrocamiento años atrás. Ante esta resistencia política, Sarratea decidió abandonarlo a su propia suerte y exigirle que inmediatamente se marchara de la capital, además de liberar a Soler de prisión y ponerle precio a su cabeza.
Alvear desistió de sus planes y al frente de un grupo de oficiales y soldados adictos, se retiró hacia las afueras de la ciudad, en donde se reunió con Carrera y sus tropas.
Alvear se refugió en el campamento de Ramírez, perseguido por su pariente, el general Domingo French, quien exigió a Ramírez la entrega del traidor Carlos de Alvear para ser juzgado, pero el caudillo de Entre Ríos se negó a entregarlo, aduciendo que se encontraba bajo su protección.
Mientras Sarratea, no pudo mantenerse en el poder por mucho tiempo y a las pocas semanas, lo derrocó Soler, quien se instaló como gobernador de Buenos Aires.
Después, a fines de abril de 1820, Ramírez se retiró hacia Entre Ríos para combatir contra Artigas, López decidió reemplazarlo por Alvear y marchó con sus fuerzas a San Antonio de Areco, en donde se le unió Carrera, con su “Ejército Restaurador” y Alvear, al mando de un grupo de cincuenta oficiales leales a su causa, conocidos como los proscriptos.
A finales de junio, viajando desde Lima los oficiales venezolanos León de Fabrés Cordero, Luis Urdaneta y Miguel de Letamendi, ex miembros del batallón Numancia, expulsados y dados de baja por “rebeldía”, llegaron a Guayaquil y tomaron contacto con los patriotas de la ciudad, que conspiraban contra los realistas y preparaban con algunos oficiales de los regimientos acantonados en la ciudad, como los capitanes Nágera y Gregorio Escovedo, un complot para apoderarse del gobierno.
Los patriotas de Guayaquil ponían en marcha la revolución.
Finalmente, en Chile, el 20 de agosto de 1820 el general José de San Martín, partió junto a la expedición Libertadora, desde Valparaíso hacia el Perú.
La expedición estaba constituida por alrededor de 4500 hombres, pertenecientes en su mayoría al Ejército libertador de los Andes y otra parte, al reorganizado Ejército de Chile, de los cuales mil seiscientos hombres eran marinos.
Se embarcaron en ocho navíos de guerra y dieciséis transportes. No se puede especificar a ciencia cierta cuántos soldados argentinos y cuántos chilenos conformaban la expedición y qué número prevaleció, pero la mayor parte de los oficiales eran argentinos y los jefes navales eran agregados de orígenes varios.
Algunos eran británicos, como el capitán Thomas Cochrane y varios otros sudamericanos; entre ellos, se contaba Manuel Blanco Encalada, un rioplatense que se asentó en territorio chileno.
El 8 de septiembre de 1820 la expedición patriota tocaba tierra peruana, el ejército libertador al mando de José de San Martín desembarcó en la playa de Paracas, cerca del puerto de Pisco y con ímpetu guerrero, las tropas se lanzaron a la lucha haciendo retroceder al ejército realista que se replegó a la zona de la Sierra y San Martín estableció su cuartel general en Pisco.
Posteriormente, El libertador envió una división al mando del general Juan Antonio Álvarez de Arenales, por la ruta de la sierra, para atacar y perseguir a las divisiones realistas ubicadas en esa zona, tratando de propiciar la insurrección de las poblaciones a lo largo de su trayecto.
El virrey Joaquín de la Pezuela, tenía bajo su mando a unos veinte mil soldados, distribuidos por todo el virreinato, de los cuales la mayor parte defendía la ciudad de Lima.
Tratando de ganar tiempo para reunir a todos los soldados, planteó una salida diplomática al conflicto y precisamente, unos días después, el virrey Pezuela proclamó la restauración de la Constitución de Cádiz de 1812, intentando de esa forma, negociar con los rebeldes.
El libertador San Martín aceptó la tratativa y se celebró la denominada Conferencia de Miraflores, al sur de Lima, en la que el general argentino trató de pactar con el virrey, la independencia total del Perú y el establecimiento de una monarquía constitucional en la región, pero éste, solo aceptó poner en vigor la constitución liberal y elegir a diputados peruanos para enviarlos a España.
Para San Martín, La tratativa de paz fue considerada como una negociación que no era aceptable y finalmente no llegaron a ningún acuerdo.
Terminadas las conversaciones, cada uno marchó por su lado. Pezuela regreso a Lima para prepararse a defenderla y San Martín hacia el norte, al cuartel general de Pisco para organizar e iniciar la guerra.
Semanas después, el libertador se reembarcó en la escuadra, para avanzar hacia el norte.
El 1 de octubre de 1820, ante el avance de San Martin por el sur y Simón Bolívar por el norte, aprovechando una fiesta en la casa del Malecón, del Ministro de las Cajas Reales don Pedro Morlas, los conspiradores de Guayaquil se reunieron sin levantar sospechas en una habitación apartada, para preparar la insurrección que los patriotas definieron llevar a cabo a primeras horas del 9 de octubre. Junto al comandante José Maria Peña y los oficiales comprometidos con la revolución, entre otros se encontraba Pedro Sáenz, familiar de Manuela, que cooperaba con los patriotas de Quito.
A pesar que los conspiradores no pudieron definir el mando revolucionario en las siguientes reuniones y estando a punto de posponer el golpe, gracias al talento y la decisión de Febres Cordero, que levanto la moral indicando que no había tiempo que perder, los criollos e individuos de la guarnición de Guayaquil, dirigidos por José Joaquín de Olmedo, desde el cuartel de Granaderos y a la voz de “Viva la Patria” se rebelaron y expulsaron a las autoridades fieles al rey, creando una nueva nación llamada Provincia Libre de Guayaquil.
Después de esta revolución, la ciudad de Guayaquil quedó libre del dominio español, pero no el resto de su provincia, por lo que rápidamente, los soldados patriotas se movilizaron en la región, logrando la independencia de varios pueblos y es así, como el 10 de octubre, logran controlar el pueblo de Zamborondón, mientras que Daule, se une a la causa emancipadora el día 11 al igual que Naranjal, el 15 de octubre, eligiendo a sus representantes.
En los primeros días de noviembre, la escuadra del general San Martín desembarcó en la localidad de Huacho, donde fortificó su posición e inició su estrategia para sitiar definitivamente Lima. Hasta allí llegaron las noticias del levantamiento en Guayaquil enviadas por emisarios patriotas del Ecuador, a los generales libertadores tanto del sur, como del norte.
Determinados los 57 diputados, representantes de todos los pueblos que conformaban la provincia de Guayaquil, el 8 de noviembre fueron convocados al Ayuntamiento de la ciudad en donde se proclamó el nacimiento legal de la Provincia de Guayaquil y eligieron como presidente de la misma al Dr. José Joaquín de Olmedo.
Seguido a esto, se dictó el Reglamento Provisorio de Gobierno la cual sirvió como constitución para el naciente estado.
Sin embargo, los pueblos de Quito y Cuenca seguían bajo dominio español y esto podía significar un peligro para la independencia recién alcanzada por Guayaquil.
Entretanto en Quito, Manuela Sáenz junto a algunas mujeres que se organizaban en secreto con otros patriotas quiteños, para entregar información de los movimientos y planes realistas en la ciudad y Cuenca, mantenía correspondencia con su hermanastro, que integraba el ejercito patriota, de esta manera es como Olmedo, informado sobre los planes enemigos, crea un ejército denominado como la División Protectora de Quito, la cual estaría encargada de velar por la seguridad de la Provincia Libre de Guayaquil y tratar de independizar a los demás pueblos que conformaban la Real Audiencia de Quito.
Mientras tanto, José Miguel Carrera, a cargo de un grupo armado relativamente pequeño, conformado por alrededor de 500 hombres y bloqueado por las tropas del gobierno, cerca de Buenos Aires, decidió internarse en las pampas con la esperanza de poder cruzar la cordillera hacia Chile.
Poco a poco fue ganando adeptos entre los indígenas, quienes, según la leyenda, llegaron a nombrarle “Pichi-Rey”.
Una vez reunida, una fuerza militar considerable, marchó sobre el centro de detención de Las Bruscas, donde puso en libertad a los chilenos que estaban encerrados, como “prisioneros” en San Nicolás, quienes consintieron “alistarse en sus filas bajo la solemne promesa de ser restituidos a su libertad, tan luego como la capital cayera en sus manos.”
Luego, en lugar de tratar de cruzar la cordillera como eran sus planes originalmente, se dedicó a fomentar a las tribus indígenas para que hicieran una guerra contra las poblaciones civiles en la provincia de Buenos Aires, con el fin de lograr reconocimiento como pueblo independiente, lo que naturalmente tuvo un efecto negativo sobre la imagen de Carrera, tanto entre las autoridades como en la población civil criolla.
El 3 de diciembre de 1820 incentivó el ataque del cacique Yanquetruz a la localidad de Salta, en Buenos Aires, quien con su indiada destruyó buena parte de la población, asesinando a los hombres y esclavizando como botín de guerra a las mujeres. Posteriormente los pueblos de Rojas, Lobos y Chascomús también fueron asaltados.
En Perú, el 29 de enero de 1821 se sublevaron altos oficiales realistas contra el virrey Pezuela, quien renunció a su cargo y fue sustituido por el general José de La Serna, que sería confirmado más tarde como virrey del Perú por la corona.
El nuevo virrey, propuso nuevas negociaciones diplomáticas a José de San Martín, que finalmente fracasaron debido a que la propuesta definitiva del general patriota, era la independencia del Perú.
En febrero de ese año, José Miguel Carrera abandona las tolderías de los ranqueles y se dirige a Chile, solicitando libre paso a los gobernadores de Córdoba y de San Luis, simpatizantes de la logia Lautaro, quienes se niegan y lo enfrentan militarmente.
En las pampas argentinas, José Miguel Carrera venció al gobernador cordobés general Juan Bautista Bustos en Chajá y al de San Luis, coronel Luis Videla, en Ensenada de las Pulgas, ocupando la ciudad de San Luis.
En el mes de marzo arribó al Perú el capitán Manuel Abreu, enviado por el rey de España como su emisario pacificador, pero sin traer ninguna consecuencia favorable para los independentistas, por lo que el sitio de Lima decretado por San Martin, se mantuvo prolongándose por algunos meses.
Ante esta situación, el general patriota decidió iniciar una nueva estrategia y envió dos ejércitos, para desembarcar en las costas del sur, uno al mando del general Guillermo Miller y otro, al mando del general Arenales, hacia la sierra.
San Martín dejó la localidad de Huacho y desembarcó en Ancón, estrechando el cerco a Lima. En simultáneo, inició nuevas negociaciones de paz que se realizaron entre mayo y junio, en la hacienda de Punchauca, cerca de Lima. Los delegados enviados por San Martín fueron Tomás Guido, Juan García del Río y José Ignacio de la Roza, mientras que, por parte del virrey La Serna fueron Manuel Abreu, Manuel de Llano y José María Galdeano. Las negociaciones nuevamente fracasaron.
La antesala de la Batalla de Carabobo en la noche del 23 de junio Simón Bolívar y sus generales se preparan para el enfrentamiento con las tropas realistas convencido que esta empresa marcaría el punto de inflexión para la libertad de América, por lo que despertando el alba, sobre su caballo blanco Palomo, apuró el tranco y desde las alturas del cerro Buenavista, Bolívar hizo un reconocimiento de la posición de las tropas realistas y llegó a la conclusión de que esta era inexpugnable por el frente y por el flanco sur. Desistido a dar el golpe aprovechando la sorpresa, ordenó que las divisiones modificaran su marcha por la derecha y se dirigieran al flanco más débil realista, el cual estaba descubierto; la maniobra de Bolívar estaba tendiente a desbordar el ala izquierda enemiga, operación que debería ser ejecutada por las divisiones de Páez y Cedeño, en tanto que la división de Plaza seguía por el camino hacia el centro de la posición de ataque de los venezolanos al mando de Bolívar.
Dandose cuenta de la maniobra, La Torre ordenó al batallón Burgos que marchase al norte, a ocupar la altura hacia la cabeza de la primera división, el Bravos de Apure que después de cruzar el riachuelo de Carabobo, trataba de escalar la pendiente que lo llevaría a la parte plana de la sabana. Tan violento fue el contraataque del Burgos, que el Bravos de Apure tuvo que replegarse por dos veces.
Percatándose de la situación, la unidad que seguía a Bravos de Apure, el batallón Cazadores Británicos, se enfrentó obligando a retroceder a las tropas de Burgos. En esta acción, el Batallón Británico demostró su gran valentía, soportando a sangre fría, cada una de las cargas del ejército realista, perdiendo en la refriega a su comandante Tomás Farriar y a 17 oficiales superiores, pero permitió que los "Bravos de Apure", liderados por Páez, reorganizaran sus tropas y pasarán al contraataque de forma efectiva.
Después de algunas escaramuzas para revertir la situación que provocaba una clara desventaja, atacados de frente por la infantería y por el flanco derecho por la caballería, los batallones leales al Rey optaron por la retirada. Usando como fuerzas de último recurso, La Torre le ordenó al regimiento de los Lanceros del Rey que atacaran a la caballería grancolombiana, pero los lanceros no sólo desobedecieron la orden, sino que huyeron ante la embestida de las fuerzas de Simón Bolívar, quiénes vengaron con sangre la muerte del valiente Negro Primero.
Al entrar la batalla en su fase final, el 1.º de Valencey forma cuadro y comienza a retirarse, los patriotas iniciaron una tenaz persecución del ejército realista, la cual continuó hasta Valencia y seguiría hasta llegar a Puerto Cabello. De los efectivos que participaron en la batalla de Carabobo, los realistas perdieron a dos de sus oficiales superiores y a más de la mitad de los soldados reales.
Pocos días después, uno de los más destacados regimientos de las fuerzas del virrey se pasó a las filas patriotas; el regimiento realista Numancia, compuesto de venezolanos y neogranadinos que, habían ingresado a las fuerzas reales en Venezuela, en 1813 y había sido enviado al Perú tres años más tarde por Pablo Morillo. Esta deserción en masa desmoralizó al resto de las fuerzas realistas, lo que obligó a De La Serna a abandonar la ciudad el 5 de julio de 1821 e internarse en la sierra.
Este hecho le abrió las puertas de Lima al libertador José de San Martín.
En Argentina, luego de los triunfos de Córdoba y San Luis, José Miguel Carrera Intentó unirse a las fuerzas del gobernador de Entre Ríos, el general Francisco Ramírez, invitándolo a la campaña de reconquista, pero al no querer acompañarlo éste a Chile, Carrera retornó a San Luis después de vencer a las fuerzas mendocinas en Río Cuarto, mientras que Ramírez, fue derrotado y muerto en Río Seco el 10 de julio del mismo año.
Mientras tanto, José de San Martín ocupó Lima con sus tropas y reunió un cabildo abierto el 15 de julio de 1821, iniciando la organización del gobierno limeño y así, después de elegir a los miembros de la junta de gobierno, el 28 de julio y ante una multitud en la Plaza de Armas de Lima, declaró la Independencia del Perú.
Por sus actividades independentistas y sus logros militares en el cono sur de América, con el Ejército de Los Andes, José de San Martín luego de haber proclamado la independencia del Perú, se le concedió el título de “Caballeresco de la Orden El Sol del Perú” y fue nombrado Protector del Estado Peruano con autoridad civil y militar.
Posteriormente, formó su ministerio con los ministros Hipólito Unanue en la cartera de Hacienda, Juan García del Río en Relaciones Exteriores y Bernardo de Monteagudo, como encargado de Guerra y Marina. Nuevamente la Logia Lautaro tomaba el poder formando una nueva república.
El nuevo gobierno dirigido por el libertador como dictador plenipotenciario, eliminó la real audiencia y organizo el tribunal de guerra en tiempo de paz, también en su gobierno se fundó la Biblioteca Nacional del Perú, a la que donó su colección de libros y creó la Orden del Sol, hoy llamada “Orden El Sol del Perú”.
Fundó además, la Sociedad Patriótica, como una filial de la Logia Lautaro, formada por 40 ciudadanos peruanos, a quienes consideró los más ilustrados entre los decididos por la causa independentista. Esta sociedad, se enfrascó en discusiones sobre la forma más conveniente de gobernar, que se debatía entre la monarquía constitucional que planteaba San Martín y defendían los ministros Unanue junto a Monteagudo, y la república parlamentaria, que apoyaban Manuel Pérez de Tudela y Mariano José de Arce.
En apoyo a sus ideas monárquicas, San Martín envió a García del Río y Diego Paroissien a Europa, para conseguir un príncipe de la Casa de Sajonia-Coburgo-Gotha, a fin de que reinara en el Perú. También debieron contratar un empréstito, con los financistas de la logia de Boston, para continuar la campaña militar.
Estableció la libertad de comercio y la libertad de imprenta, pero no permitió otro culto religioso que no sea el católico.
Expulsó además, a miles de españoles contrarios a la independencia, confiscándole sus bienes.
Mientras en la línea ecuatorial, Antonio José de Sucre, enviado por Simón Bolívar para apoyar militarmente la revolución, firmó un convenio con el gobierno de Guayaquil y colocó a sus tropas en Zamborondón y Babahoyo, para bloquear así, la entrada a la provincia de todas las tropas realistas y reaccionarias.
El 17 de julio de 1821 el sector reaccionario y pro-realista de Guayaquil, inicio una rebelión anti colombiana, la que fue reprimida con éxito por las tropas patriotas.
Al conocer la rebelión, los ejércitos realistas se dispusieron a apoyarla, por lo que el gobernador Aymerich marchó al sur con dos mil hombres, mientras que el coronel González se dirigió desde Cuenca hacia Guayaquil, amenazando las comunicaciones de Sucre quien se dirigía a combatir a Aymerich.
Enterado del movimiento realista, Sucre retrocedió para enfrentar a González y lo batió el 19 de agosto en la Batalla de Yaguachi.
La victoria obtenida en esa batalla, significó la completa independencia de la provincia de Guayaquil.
Sucre entonces, volvió al norte a enfrentar a Aymerich, pero éste, conciente de su desventaja se retiró más al norte. El ejército patriota persiguió a los realistas por un largo trecho, pero producto de la situación política en Guayaquil se vio obligado a regresar.
En Punta del Médano el 30 de agosto de 1821, en una sorpresiva batalla, el general José Miguel Carrera y Verdugo, fue derrotado por las fuerzas del coronel José Albino Gutiérrez, por lo cual, con parte de sus tropas, intentó replegarse a Jocolí.
A causa de la desmoralización y el descontento, fue traicionado por algunos de sus seguidores y oficiales, quienes luego de insurreccionar a los soldados, lo tomaron prisionero junto a José María Benavente y Felipe Álvarez, para entregarlos al coronel mendocino Gutiérrez.
Posteriormente, ya detenido en Mendoza, José Miguel Carrera fue enjuiciado por numerosos crímenes de pillaje y saqueos, además se le agregaron cargos de intentos de sedición y crímenes contra el Estado.
En un rápido sumario instruido por la logia y por orden de Tomás Godoy Cruz, fue condenado a muerte y el 4 de septiembre, en medio de la plaza mendocina, fue conducido al paredón para ser fusilado cerca del mediodía.
De acuerdo con el relato de fray Benito Lamas, durante la ejecución Carrera demostró gran valor personal, solicitando estar de pie y que no se le vendaran los ojos. Llevando su mano al pecho, sobre su corazón, pidió que se le apuntara donde estaba indicando con su diestra, todo lo cual le fue negado por el oficial a cargo del pelotón.
A continuación, y con una absoluta calma, José Miguel se limpió cuidadosamente algunas motas de las mangas de su casaca militar y gritó con fuerza;
– ¡Muero por la libertad de América!
Luego de ello y de acuerdo con un boletín publicado en esa ciudad, el cuerpo de Carrera fue mutilado, su cabeza fue cortada y expuesta en la plaza de Mendoza; su brazo derecho fue enviado al Gobernador de Córdoba y el izquierdo, a Punta de San Luis.
Según lo relatado en una carta, dirigida al Secretario de Estado de Norteamérica John Quincy Adams, por el agente de los Estados Unidos en Buenos Aires, John M. Forbes, este acto fue considerado de salvaje ferocidad causando un sentimiento de horror en la comunidad.
Sin embargo, eso no es reconocido por fray Lamas, que indica: "Preguntado por el que redacta esta memoria, si era cierto, como dice el señor Yates en su diario impreso en el apéndice a la obra inglesa, cuyo título es: Journal of a Residence in Chile by Mary Graham, London 1824, si era cierto que a don José Miguel Carrera le cortaron, la cabeza y la mano derecha, después de ejecutado, me contestó que no había oído nunca semejante cosa, a pesar de haber acompañado, al suplicio al general, residir en Mendoza y haber predicado el sermón de gracias por la victoria de Mendoza contra él; así como la oración fúnebre del general Morón".
Cabe considerar que ese tipo de mutilaciones, como el dictamen mismo sugiere, no era desconocido en la época y que el mismo Carrera, no era “ajeno a esa costumbre”, como cuando ordenó, cortarle la cabeza al coronel Videla, después de su derrota en la batalla por la ciudad de San Luis, a fin de presentarla como regalo a su amigo Estanislao López, en ese entonces gobernador de Santa Fe.
El Instituto de Investigaciones Históricas "José Miguel Carrera" intento establecer los hechos por algún tiempo, pero nunca se publicaron resultados.
Posteriormente, a fines de septiembre en la ciudad de Montevideo, Javiera Carrera Verdugo recibe la noticia que, debido a las montoneras que realizó en la pampa Argentina, José Miguel Carrera fue fusilado en Mendoza, por orden de la Logia Lautaro.
Con este hecho, su salud quedó resentida, por lo que, según indican sus partidarios, “se enflaqueció su cuerpo hasta parecer un esqueleto, amoratándosele el rostro, rompiéndosele los labios, perdió el cabello...” Javiera se negó a volver a Chile mientras gobernara Bernardo O'Higgins, a quien consideraba el principal culpable de su muerte, señalando que no regresaría mientras “ese asesino gobierne mi patria”.
En octubre del año 1821, el dictador del Perú José de San Martín, dictó un “Estatuto Provisorio de Gobierno”, en el cual se establecía la división territorial, la libertad de vientres y la libertad de los indígenas, de cancelar los tributos específicos.
En lo jurídico, el Reglamento establecía que:
“todas las leyes, ordenanzas y reglamentos quedan en su fuerza y vigor, mientras no sean derogadas o abrogadas por autoridad competente”.
De esta manera, aseguraba que el gobierno peruano mantuviera el poder ejecutivo y legislativo, ante cualquier cambio de régimen.
Mientras, el sur de Chile continuaba siendo asolado por la hambruna y la hueste de Vicente Benavides que, carneaba a los soldados patriotas capturados, empalaba a los ancianos y degollaba a los niños sembrando el terror, pero huyendo ante los dragones de Freire que, en riesgo permanente, intentaban proteger militarmente a la población sureña.
Entre el 9 y 10 de octubre de 1821, luego de una serie de escaramuzas, persecuciones y estratagemas, los bandos enemigos terminan en el enfrentamiento de las Vegas de Saldías, encuentro en el cual, la hueste de Benavides fue completamente aniquilada, por los famosos dragones de la frontera, dirigidos por Ramón Freire Serrano.
Próximo Capítulo: La Patria Grande
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