LA PATRIA GRANDE


 

 

En el norte caribeño de América, entretanto, la independencia de Nueva Granada se afianzaba y en el estado colombiano de Cúcuta, se redactaba una Constitución política que era ratificada en el Congreso, como la “Constitución de Cúcuta” y en diciembre de 1821, el Congreso también, proclamó a Simón Bolívar Palacios como presidente de la República y a Francisco de Paula Santander en el cargo de vicepresidente, de forma que, las Repúblicas de Venezuela y La Nueva Granada, quedan desde este día reunidas en una sola, bajo el glorioso título de “Gran República de Colombia”.

Entonces, una vez organizado el gobierno y reforzado el ejercito, el libertador Bolívar decidió seguir al sur en la campaña liberadora, dejando al vicepresidente Santander a cargo del gobierno.

En Pasto, las fuerzas patriotas se encontraron con las poderosas fortificaciones realistas que, hicieron detener la marcha del ejército libertador, convirtiendo la zona en un paso inexpugnable hacia el sur, durante varios meses.

 

Desde Ancón, y luego desde Lima, José de San Martín envió una serie de campañas para incorporar al Protectorado de Lima al resto del Perú, pero algunos triunfos parciales no pudieron evitar que el Virrey se hiciera fuerte en la Sierra del Alto Perú y fijara su capital en Cuzco; el Protector no tenía fuerzas para enfrentarlo con probabilidades ciertas de triunfar.

Durante su protectorado, ya en el año de 1822 recibió una carta del general Antonio José de Sucre, lugarteniente del Libertador Simón Bolívar, que a poco de desembarcar San Martín en territorio peruano se había pasado a sus filas, pidiéndole ayuda para terminar la campaña en el territorio de la Presidencia de Quito, en el que reclamaba la incorporación del batallón Numancia a la misma.

José de San Martín se negó a perder la excelente unidad del ejército libertador, y en lugar de incorporarla al batallón de Sucre, envió una División Auxiliar del Numancia al mando de Andrés de Santa Cruz, en su mayoría compuesta por tropas inexpertas que participaron en la batalla de Riobamba.

A fines de 1821, Manuela Sáenz decidió regresar al Ecuador, para reclamar su parte de la herencia dejada por su abuelo materno, a raíz de la muerte de su tía que mantenía la administración de los bienes y viajó con su medio hermano, que en ese entonces era oficial del batallón Numancia que, con el nombre de “Voltígeros de la Guardia” ya se había integrado al ejército libertador y se encontraba bajo las órdenes del general Antonio José de Sucre, quien había recibido la orden de trasladarse a Quito.

 

En el sur de Chile, la hambruna asolaba las ciudades que literalmente se alimentaba de sus propios caballos, mulas, perros, pumas y gatos, además de los intentos posteriores de Vicente Benavides por restablecer una línea de guerrillas, que fueron absolutamente deshechas, ya no tanto por las armas de los patriotas, sino por las propias rivalidades entre los caudillos realistas.

Estos provocan la marginación de Benavides bajo una oleada de conspiraciones, deserciones y espionajes, donde definitivamente reaparece el fantasma de las traiciones entre peninsulares y criollos, junto con la solapada infiltración de agentes patriotas ocultos en el seno de la oficialidad española.

Bajo estas circunstancias, Benavides entabla comunicaciones con Prieto en la búsqueda de una transacción lisa y llana a su situación material y la de su familia. La inseguridad y la discordia generada en torno a su persona le hacen finalmente abandonar la región, embarcándose junto a un grupo de cercanos rumbo al Perú, pero la escuálida embarcación solo alcanza a llegar a Topocalma, para aprovisionarse de agua y alimentos; no obstante, los realistas son delatados a los lugareños patriotas por uno de los tripulantes, a instancias de nueva conspiración contra Benavides, pero esta vez gestada al interior mismo de la barcaza.

Rápidamente, las autoridades locales dispusieron el apresamiento de toda la tripulación, siendo cautelosamente conducidos a Santiago, donde llegaron el 13 de febrero de 1822. Ese día Benavides entraba por la alameda de la ciudad, rumbo a la cárcel pública, sufriendo vejatorias humillaciones por parte del pueblo y la oficialidad. A continuación, le sería seguido un breve juicio, en el cual fue condenado a la pena máxima, mientras que sus acompañantes fueron reducidos a penas de prisión y otras penas aflictivas.

El sábado 23 de febrero, y después de ser nuevamente vejado, Benavides fue finalmente ahorcado en la Plaza de Armas de Santiago de la capital, tras lo cual su cuerpo fue mutilado, conducidas su cabeza, manos y piernas a las ciudades del sur, mientras que el resto fue incinerado en el Llano de Portales, un recinto militar, “para eterno tormento del imputado,” quien terminaba así su larga carrera de aventuras.

Mientras el Director Supremo, Capitán general Bernardo O’Higgins, continuaba cayendo en descrédito con su gobierno, ante las detenciones, exilios y relegaciones de opositores, que exigían una asamblea constituyente, sumado esto, el endeudamiento con la casa Hullet de Londres por un millón de libras esterlinas, además de las implicaciones de asesinatos de notables patriotas, que con razón le acusaban de Dictador, mientras el dinero continuaba fluyendo al Perú para la campaña de San Martin.

La presión criolla fue tal que O’Higgins, se vio en la obligación, a recomendación de la Logia Lautaro, de convocar a elecciones de ilustres representantes, para la redacción de la Constitución chilena, pero no sin antes enviar notas secretas de puño y letra a cada intendente, señalándoles quienes eran los partidarios que deberían ser electos a toda costa.

La intromisión fue la gota que rebalsó el vaso y estallo el conflicto; Ramón Freire, al recibir la indicación de O’Higgins, sumado al desamparo y la carga impositiva que el gobierno mantenía sobre la región, en absoluta pobreza, se encargó de hacer pública la carta y Concepción se alzó en armas.

 

Entretanto, las campañas independentistas lideradas por Antonio José de Sucre en el Ecuador, continuaron con pequeños triunfos y algunas derrotas en la región interandina, con las tropas patriotas camino a Quito, llegando a las faldas del volcán Pichincha el 23 de mayo de 1822.

Ya entrada la noche Sucre ordeno el ascenso al volcán siendo perseguidos por los realistas para enfrentarlos en la altura. Envalentonados los soldados del Rey se lanzaron a la carga seguros de su victoria, en los precisos momentos que el batallón ingles Albión llegaba con refuerzos y ante el inesperado apoyo, los soldados patriotas dan la vuelta para enfrentar las tropas realistas y corriendo cerro abajo, encerraron entre dos fuegos a los enemigos, para finalizar el 24 de mayo con el triunfo en la Batalla de Pichincha.

Poco después, cuando las tropas de Sucre ingresaron a Quito y los soldados realistas se rindieron el día 25, la antigua Real Audiencia de Quito se unió a la Gran Colombia y al cabo de un tiempo, también la región de Guayaquil.

El libertador Simón Bolívar, que aseguraba militarmente por el norte la región, se encamino triunfante a Quito, donde el ejército patriota y el nuevo gobierno, le preparaban una fiesta de bienvenida.

Manuela Sáenz, que había sido presentada al general Sucre, como una importante espía por los patriotas de Quito, se ofreció para organizar la recepción y de esa manera conocer al libertador, a quien admiraba por sus hazañas militares.

En la entrada triunfal de Simón Bolívar a la ciudad, con el redoble de campanas y el vuelo libre de las palomas mensajeras, Manuela se mezclo entre la muchedumbre con un ramo de flores, para entregarlo al general victorioso, pero fue imposible acercarse a la comitiva por lo que, gritando los vivos correspondientes, lanzo el ramo dándole justo en el hombro a Simón, quien lo recibió sorprendido. Después, en la fiesta de recepción, Manuela fue presentada al libertador que, al reconocerla le manifiesta:

“Señora; si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España”. 

Durante la velada, el general quedó prendado de su encanto e inteligencia, compartiendo con ella la alegría de la victoria.

Así, comenzaron una relación furtiva que se prolongo por un tiempo hasta que fue descubierta y comentada por la sociedad quiteña, por lo que algunos meses después, Manuela abandona a su marido y decide seguir a Bolívar, para convertirse en amantes y compañeros de lucha por el resto de la campaña.

 

Pasada la amenaza española, San Martin decidió establecer los límites del territorio en el norte de Perú, lo que llevó a los criollos peruanos a solicitar la intervención de representantes de la Republica de Colombia, para dirimir las disputas territoriales, por lo que las relaciones entre la Federación colombiana y Perú, se fueron haciendo paulatinamente más tensas por el deseo peruano de anexar Guayaquil, sumado al desagrado de los peruanos a la intervención de Simón Bolívar en los “asuntos internos del Perú” y su reclamo de Tumbes, Jaén y Maynas, territorios considerados peruanos.

Los orígenes y primeras manifestaciones de la contienda se dieron en el virreinato realista seis años antes, con el problema de a quién le correspondía la soberanía de la rica provincia de Guayaquil, el tema fue una espina entre las relaciones de ambas capitanías.

Para solucionar el conflicto “artificial” que se daba en los nuevos estados patriotas, que era secretamente incentivado por la logia y los enviados comerciales de Estados Unidos, Simón Bolívar propuso un encuentro entre generales representantes de los nuevos estados liberados.

Entre el 26 y 27 de julio de 1822, se realizó la “Entrevista de Guayaquil”, donde Bolívar se reunió con José de San Martín en una conferencia, para discutir la estrategia de liberación del resto de Perú. Tras una conversación privada, cuyo contenido solo se puede conjeturar, San Martin cedió a Bolívar la iniciativa y la conclusión de la campaña libertadora.

En una escueta carta, firmada en Lima el 10 de septiembre de 1822, que fue enviada posteriormente a Bolívar, José de San Martín le indicaba:

“He convocado al Congreso para presentar ante él mi renuncia y retirarme a la vida privada con la satisfacción de haber puesto a la causa de la libertad toda la honradez de mi espíritu y la convicción de mi patriotismo. Dios, los hombres y la historia, juzgarán mis actos públicos”.

Su gobierno en Perú terminaba así, el 20 de septiembre de 1822.

Nadie sabe qué ocurrió entre los dos héroes, en la secreta reunión de Guayaquil, ambos eran “maestros superiores” de la Gran Logia Masónica sudamericana, pero lo cierto es que, ante las disputas territoriales, las convulsiones sociales, las purgas patriotas y asesinatos políticos, tanto en Chile como en el Rio de la Plata, San Martín decidió retirarse de todos los cargos y volver a la Argentina, mientras Bolívar se preparó para la lucha contra los últimos reductos españoles en Sudamérica, en la sierra y el Alto Perú.

Finalmente, la provincia de Guayaquil fue anexada, formando parte de la Gran Colombia, el 31 de julio de 1822.

 

En Santiago de Chile, Bernardo O’Higgins enviaba tropas a Concepción para sofocar la revuelta de Ramón Freire.

Pero muy pronto, criticada la medida por sus detractores y azuzada por el partido carrerino opositor, esa decisión fue la chispa que encendió el fuego y Coquimbo, se unió a las demandas de Ramón Freire apoyando desde el norte a las regiones sureñas opositoras al dictador, iniciando una rebelión que se propago en el resto de la república.

El 22 de enero de 1823, el congreso reunido en pleno en Santiago, exigió la renuncia del dictador O’Higgins, por la intromisión enviada por carta a las provincias, lo que no les daba garantías para iniciar el nuevo proceso constitucional. Pero éste, como un intento de mantenerse en el poder, organizó a las tropas para sitiar el congreso y exigir, el término del movimiento o atenerse a las consecuencias y acto seguido, ordeno a los soldados preparar sus armas para asaltar el consulado.

Después de algunas horas de tensión y conversaciones con sus partidarios de la Logia, O’Higgins fue convencido de desistir y poner su cargo a disposición de la asamblea.

Acto seguido, se presenta en el Cabildo que le acusa de abuso de poder, donde interviene en un último discurso con tintes dramáticos, invocando a sus pasadas glorias. En este discurso, indica que “renuncia al mando para evitar la Guerra Civil” y luego, dramáticamente, rasga su camisa y muestra su pecho ofreciéndolo a la venganza de sus adversarios.

La asamblea, después de guardar un breve y tenso silencio en el salón de sesiones, solo le acepta la renuncia indicando que es la historia quien debería condenarle, por lo que O’Higgins se retira en medio de los vítores de sus ex partidarios.

Para liderar el proceso constitucional, la nueva junta de gobierno nombró, con el apoyo de la mayoría del congreso, a Ramón Freire como Director Supremo.

 

Mientras, portando el estandarte de Francisco Pizarro, bordado por Juana La Loca, el libertador José de San Martin regresaba a tierras argentinas en enero de 1823.

Solo llevaba consigo ciento veinte onzas de oro, la campanilla con que la Inquisición de Lima convocaba a los tribunales y el uniforme de general victorioso, con sus medallas y presillas de reconocimiento al merito, otorgadas por Chile y Perú.

El cirujano argentino René Favaloro, interpretó el estandarte como un “símbolo de la dominación y esclavitud sufrida por el Imperio de los incas, […] definitorias en cuanto a las convicciones del Libertador”.

Entretanto San Martín, tras regresar a Mendoza, pidió autorización al gobernador Martín Rodríguez, para partir a Buenos Aires y reencontrarse con su esposa, que estaba muy enferma. Bernardino Rivadavia, como ministro de Gobierno se lo negó, argumentando que no sería seguro para San Martín volver a la ciudad.

Su apoyo a los caudillos del Interior y la desobediencia a una orden que había recibido del Gobierno de reprimir a los federales, le valió que los unitarios quisieran someterlo a juicio.

Al empeorar la salud de su esposa, decidió de todos modos viajar al Río de la Plata y emprendió el camino. Al llegar a la ciudad en los días siguientes, se entera que su mujer ya había fallecido el 3 de agosto.

Producto de su decisión y la desobediencia al gobierno en Mendoza, al llegar a Buenos Aires se lo acusó de haberse convertido en un conspirador. Desalentado por las acusaciones, sumado a la decepción producto de las luchas internas entre unitarios y federales, decidió marcharse del país con su hija, quien había estado al cuidado de su abuela mientras se había entregado a la causa liberadora.

 

Entre tanto en Chile, una vez terminado el juicio de residencia y permitida la salida del país de forma honorable, O`Higgins partía rumbo a Perú, acogiéndose al destierro voluntario, mientras el nuevo gobierno con Freire, llevaba adelante el proceso constituyente, encargado a un grupo de notables criollos dirigidos por Juan Egaña.

Durante su gobierno, Ramón Freire sanciono, además, la ley que abolía definitivamente la esclavitud y firmo un decreto supremo que cambiaba, en los documentos oficiales, la palabra “Patria” por la de “Chile”.

El 27 diciembre 1823 el Director Supremo de Chile, convocaba a la promulgación de la Constitución “moralista” elaborada por Juan Egaña.

 

En el norte ecuatoriano, Simón Bolívar fue autorizado por el Congreso de la Gran Colombia para tomar el mando de los ejércitos unidos y en septiembre de ese año, llegó a la ciudad de Lima, cuyo gobierno le pedía encarecidamente, que dirigiera la guerra y se reunió con Antonio José de Sucre para planificar el próximo ataque y resolver la estrategia para la campaña al Alto Perú.

Acompañando a Bolívar, Manuela Sáenz se instalaba en Perú y se mantuvo a su lado durante buena parte de las campañas, participando en ellas activamente, aun a riesgo de su vida.

Mientras su esposo Thorne, en Ecuador en varias ocasiones enviaba emisarios a los lugares que llegaba Bolívar, para pedirle a Manuela que volviera a su lado. La respuesta de ella siempre fue contundente, le insistía que seguiría con Bolívar y daba por finalizado su matrimonio.

El 10 de febrero de 1824 el Congreso peruano nombró dictador plenipotenciario al general Simón Bolívar mientras San Martin partió hacia el puerto de El Havre (Francia). Tenía 45 años y era generalísimo del Perú, capitán general de la República de Chile y general de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Luego de un breve período en Escocia, se instalaron en Bruselas y poco después en París. Su mayor preocupación era la educación de su hija.

A partir de 1824, con Simón Bolívar a cargo del gobierno de Perú, que apelando a la unidad del pueblo para lograr la libertad definitiva, logró controlar las intrigas de la nueva república.

 

Así, en Chile, un año después del golpe de estado que derrocó al Director Supremo O’Higgins, que se auto exiliaba en Perú, Javiera Carrera Verdugo desembarcaba arribando a Valparaíso, después de diez años de ausencia.

Mientras Ramón Freire, como Director Supremo encargaba al coronel Jorge Beauchef la primera expedición a la isla de Chiloe, que se mantenía bajo el mando del coronel realista Antonio de Quintanilla.

En dos escuadras salieron de Talcahuano y pesar de algunos triunfos patriotas en la isla, después de la batalla de Mocopulli, la expedición se transformo en una fracasada campaña y a finales de abril, las tropas regresaron, en las respectivas escuadras a Talcahuano y Valparaíso.

Para desarrollar el comercio mercante del país y asesorado por los comerciantes de la recién formada compañía Portales y Cea, con capitales ingleses prestados a la logia Lautaro, el Director Supremo entrego la exclusividad importadora del estanco del tabaco, a cambio de lo cual, esta sociedad se hacía cargo del servicio de empréstito que se había contratado en Inglaterra.

 

El 2 de agosto de 1824 el general Simón Bolívar se preparaba para un enfrentamiento decisivo, por lo que pasó revista al ejército patriota, en el llano de Rancas, donde los arengo convocándoles a “completar la obra mas grande que el cielo ha encomendado a los hombres: la de salvar un mundo entero de la esclavitud.”

 

El 6 de agosto, Bolívar y Sucre juntos, se enfrentaron al ejército de Canterac, que trataba, marchando apresuradamente alrededor del lago Junín, de evitar el combate. Por la tarde, en Ruminchaca, el ejército unido había cruzado el río Grande y desde una altura, observaron la retirada realista.

De inmediato, Bolívar mandó a la caballería a cerrarles el paso, mientras esperaba a la infantería, por lo que los jinetes patriotas al mando del general Mariano Necochea, avanzaron por un estrecho paso entre cerro y pantano.

Percatándose del avance criollo, Canterac ordenó continuar la retirada mientras los húsares de Fernando VII y los dragones de Perú en sus caballos ofrecían resistencia.

Cuando la caballería patriota se desplegaba por la pampa, quedando los granaderos de Colombia a la vanguardia y en formación de combate, la caballería realista se lanzo al ataque, en una carga que los lanceros patriotas resistieron a costa de perder el grueso de la tropa y herido Necochea, fue tomado prisionero, pero una parte de la caballería al mando del mayor Braun, lograron abrirse paso, quedando en posición ventajosa, mientras el resto se replegaba.

Viendo el crítico momento, Bolívar y sus oficiales pasan a la retaguardia pensando en una derrota en momentos que el general Jacinto Lara, con la primera división, llegaba al lugar. Mientras los escuadrones realistas, creyendo que la batalla era suya, cargaban contra el repliegue patriota, los Húsares del Perú, comandados por Suárez, que sin entrar en combate esperaban la orden de ataque, advirtiendo que los realistas dejaban expuesto el flanco de la izquierda, el mayor Rázuri comunico al coronel una supuesta orden del libertador de cargar contra los realistas, por lo que lanzaron al ataque a los húsares peruanos que asaltaron, aprovechando la confusión realista y viéndose sorprendido el enemigo, rompió la formación para huir en desbandada, mientras los húsares de Colombia, apoyando el ataque patriota, los asaltaban a sablazos.

Cuando llegaron las tropas de infantería, ya todo estaba decidido. Los jinetes patriotas, solo con sables y lanzas, sin disparar un solo tiro, derrotaron el ejército español en la batalla de la pampa de Junín.

A raíz de esta victoria; el poeta guayaquileño José Joaquín de Olmedo le escribió el poema épico "Victoria de Junín. Canto a Bolívar", verdadera obra maestra de la poesía de las nacientes naciones suramericanas y de la gran patria ecuatoriana, y en ella, no solo se describe la batalla; sino también Olmedo pone en boca de Huayna Cápac los destinos de la América Libre del yugo español.

La celebración por el triunfo en la batalla contó con una fiesta en la alta sociedad criolla, organizada por Manuela Sáenz, para condecorar a los húsares del Perú, que desde ese día fueron renombrados como “Los Húsares de Junín” por Bolívar y Sucre, los generales victoriosos de la Gran Colombia.

Manuela admiraba grandemente a Simón Bolívar y compartían el mismo ideal y esto lo demostraba en cada ocasión que la situación lo ameritara. Usaba el uniforme patriota que el libertador le había regalado participando en la plana mayor del general y diariamente, las oficiaba de secretaria de Bolívar encargándose de su calendario social y administrativo.

Esa dedicación y amor hacia el Libertador, es para algunos, una de las características más interesantes de esta mujer, como personaje histórico de América.  

 

La desintegración del cuerpo realista de observación de Canterac, después de la batalla de Junín, obligo al virrey La Serna, a reforzar las fuerzas y llevar en marchas forzadas a Jerónimo Valdez para que, los dos generales cortaran la retaguardia de Sucre.

Desde el Cusco, el general Sucre inicio la marcha a lo largo de la cordillera andina, acompañado por Manuela Sáenz a nombre del gobierno, como encargada de enviar informes periódicos al libertador, para mantenerlo al tanto de la campaña. Ante el seguimiento, por parte de las tropas realistas al ejercito libertador, se sucedieron contramarchas y estancamientos que, hacían dificultoso el avance de las tropas patriotas camino a Ayacucho.

A pesar del revés patriota, sufrido en la batalla de Corpahuaico, donde sufrieron considerables bajas de los voluntarios ingleses, las tropas europeas y veteranas españolas, el general Sucre junto a la “generala” Sáenz y su estado mayor, lograron mantener la organización del ejército libertador.

El 9 de diciembre de 1824, los realistas habían consumido todos sus recursos en la guerra de desgaste aplicada contra los patriotas, que no había dado frutos y junto a los problemas de deserción, enfermedades y la posibilidad de dispersión que provocaba la poca preparación militar de gran parte del ejercito realista, se vieron forzados a enfrentarse cruzando el río Pampas, en Ayacucho.

Abandonando sus posiciones defensivas, tanto la caballería como los soldados del rey se lanzaron cerro abajo para atacar el grueso de las tropas de patriotas, dejando de reservas a un par de batallones. El coronel español Joaquín Rubín de Celis, se adelanto impetuosamente al llano sin escuchar bien las órdenes del virrey, arrojándose temerariamente al ataque.

Antonio José de Sucre, se percató de la arriesgada maniobra enemiga con la bajada de la pendiente y antes de ordenar la formación, abrió fuego contra las columnas que bajaban y el general José Maria Córdova, a la orden de “armas a discreción, de frente, paso de vencedores”, repelieron con la segunda división de Colombia y posteriormente el ataque de la caballería, desbaratando el ataque enemigo que, desorganizado por el descalabro y muertes causadas, perdió también a sus oficiales.

Finalmente, con los batallones de húsares de Junín, Sucre destrozó el último baluarte militar realista, del otrora poderoso Ejército español, en la batalla de Ayacucho, acabando con el dominio imperialista español en Sudamérica.

Sin embargo, quedaba el último reducto absolutista, conocido como territorio español en el sur de Chile, la isla de Chiloé.

 

Tras la Batalla de Ayacucho y la declaración de la Independencia de Bolivia en 1825, el propio Simón Bolívar trató de lograr contactos políticos con Paraguay, enviando a Asunción representantes para solicitar el inicio de relaciones diplomáticas.

Pese a esto, los enviados de Bolívar no tuvieron comunicación alguna ni contacto, con los funcionarios paraguayos y sólo recibieron una carta del doctor Francia para Bolívar, donde el dictador paraguayo rechazaba todo vínculo diplomático de su país y defendía el aislacionismo.

 

En ese año, San Martín redactó las Máximas para Merceditas, donde sintetizaba y plasmaba sus ideales educativos. Mientras que San Martin mantenía, un abundante intercambio epistolar con los líderes patriotas exiliados, con el apoyo del gobierno argentino un grupo de orientales y de otras provincias, liderado por Juan Antonio Lavalleja, ingresó en la Provincia Oriental, para desalojar a los ocupantes de los estados brasileños. Con la posterior ayuda de Fructuoso Rivera, en pocos meses logró retirar al ejército brasileño y el 25 de agosto, en el Congreso de Florida, declaró la independencia de la Provincia Oriental del Brasil y su unificación con las demás localidades que conformaban las Provincias Unidas del Río de la Plata o República Argentina.

A causa de esta anexión, Brasil declaró oficialmente la guerra a Argentina.

Si bien al comienzo de las hostilidades las fuerzas imperiales eran mayores a las republicanas, las Provincias Unidas derrotaron a Brasil en muchas batallas, en una lucha de tres años por tierra y mar, siendo la Batalla de Ituzaingó la más importante.

No obstante, las fuerzas argentinas nunca lograron capturar Montevideo ni penetrar profundamente en territorio brasileño y esto, sumado al hecho de que Brasil obtuvo mejores resultados en el mar, al destruir la mayor parte de la pequeña flota argentina, derivó en que Brasil obtuvo al final términos más favorables en el tratado de paz.

El libertador José de San Martin, no ajeno a la situación, ofreció sus servicios a las autoridades argentinas con motivo de la guerra con Brasil, pero solo después de la renuncia de Bernardino Rivadavia a la presidencia, cuando la guerra ya casi había terminado.


Próximo Capítulo: El Congreso Anfictionico


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