EL GUERRILLERO INMORTAL
El abogado chileno Manuel Rodríguez y Erdoíza, como héroe guerrillero, se había convertido en una figura política importante por su marcado recelo al poder personalista, que la mayoría de los lideres patriotas profesaban, además de su encono contra los privilegios otorgados a cierto grupo, tanto de chapetones realistas que ahora abrazaban la independencia, como a los patriotas que mantenían poder y que no permitían las propuestas o la participación de sus opositores, como método de gobierno para poder afianzar la independencia.
Se puede determinar, gracias a la profusa investigación histórica que se ha hecho del héroe, como en los escritos de Vicuña Mackenna, junto a los documentos oficiales, como el reglamento constitucional provisorio de 1812, redactado en gran parte por el abogado, aunque algunos historiadores se lo adjudiquen al norteamericano Poinsett, la visión política democrática del jurista que compartió, tanto con la aristocracia criolla como con el bajo pueblo y los segmentos marginados de ese tiempo.
Su visión de gobierno, destacado en el escrito constitucional, que en relación a la división de poderes plantea en su artículo 3° que el poder del ejecutivo “reside en un órgano colegiado denominado Junta Superior Gubernativa”, quien gobierna en nombre del soberano, mientras que el artículo 9° determina donde radica el poder del senado, pues dispone expresamente que “las facultades que no le están expresamente declaradas en esta Constitución, quedan reservadas al pueblo soberano”.
Este reglamento confirma un poder Judicial autónomo, según lo dispone el artículo 17, que reside en los “tribunales y jueces ordinarios”, encargándose la Junta Gubernativa de controlar solo el cumplimiento de las leyes y deberes de los jueces.
En cuanto a la duración de los órganos en la administración del estado y de acuerdo a su breve estadía como gobernador en San Fernando, donde se ganó la antipatía de los agricultores poderosos de la región, por el reparto en la tropa de los bienes económicos públicos, como pago de sueldos pendientes; planteaba periodos cortos y rotatorios en el poder, para que “todos los ciudadanos participaran de la administración pública,” como lo demuestran sus acciones conspirativas en contra de los personalismos, hasta de su amigo Carrera y que, en el reglamento indica claramente la duración del cargo, tanto en el ejecutivo, donde los miembros de la junta, durarían tres años en sus funciones y sin reelección por un periodo igual, mientras que la presidencia de la Junta que recae en uno de sus miembros, la ejerce por cuatro meses; así como en el legislativo, de acuerdo a la regla constitucional, los siete cargos se renuevan cada tres años con posibilidad de reelección y su Presidente con el Secretario, duran en sus cargos rotatorios, un cuatrimestre.
Así Rodríguez, planteaba el control del uso y abuso de poder, junto a controlar la posibilidad de caer en la corrupción, al hacer manejo de la administración pública, además le asignaba al senado el deber de; “pronunciarse sobre los grandes negocios que interesen a la seguridad de la Patria, estableciendo la prohibición de obedecer todas aquellas órdenes del Gobierno que no cuenten con el pronunciamiento del Senado, esto es, declarar la guerra y la paz, entablar relaciones exteriores, nombrar embajadores, celebrar alianzas y tratados comerciales, dar patente de corso, disponer de las tropas, resolver los conflictos de las Provincias entre sí y o de estas con otras fuera del territorio.”
La visión democrática del Guerrillero, quedaba plasmada en un texto constitucional patriota.
Poco antes de conocerse el resultado de la batalla de Maipú en Argentina, el 8 de abril de 1818, Juan José y Luis Carrera fueron fusilados en Mendoza, por orden del gobernador de Luzuriaga, a instancias de lo dispuesto por la Logia Lautaro, dirigida en representación de José de San Martín por Bernardo de Monteagudo, que poco después volvió a Chile.
En Montevideo, José Miguel Carrera recibe la noticia de la ejecución de sus hermanos, ocurrida tres días después de la Batalla de Maipú y poco más de un mes después de la publicación de su Manifiesto a los Pueblos. Su reacción deja poca duda que, a pesar de sus aseveraciones acerca de estar convencido que se buscaba el exterminio de ellos, él no esperaba este desenlace.
El 17 de abril de 1818, en Santiago, se celebró un cabildo abierto en el cual tomó parte Manuel Rodríguez al enterarse de la noticia del fusilamiento y muerte de los hermanos Carrera, donde propuso y organizó una tentativa de revuelta, cometiendo una temeraria acción debido a su carácter apasionado. Con un grupo de carrerinos se dirigió al Palacio de Gobierno chileno y entrando a caballo a la cabeza de la turba que demandaba el fin de la "intromisión argentina" y la abdicación del "Huacho Riquelme", sosteniendo allí su opinión de que, dicho cabildo popular, debía de tomar el mando del país hasta una reunión del Congreso.
En el patio del palacio de gobierno, junto a la turba, convocó a O’Higgins a dar la cara y agregó su ferviente protesta por el fusilamiento, que él consideraba asesinato, de los hermanos Juan José y Luis Carrera en Mendoza, por participar en acciones que se inmiscuían en las políticas internas de la nación trasandina.
Esto exasperó al Director Supremo, quien ordenó nuevamente su prisión en el cuartel de los Cazadores de los Andes, situado en lo que es hoy la esquina norponiente de las calles Teatinos y San Pablo, para seguirle un nuevo proceso.
El dominio que el abogado Rodríguez ejercía sobre el pueblo, la amistad que lo unía a los hermanos Carrera y su carácter díscolo, lo colocaron en una situación límite con el director supremo Bernardo O'Higgins y este, bajo el consejo del abogado de la logia Lautaro Bernardo Monteagudo, quiso alejarlo del país ofreciéndole una misión diplomática en Estados Unidos, lo que en la práctica era una deportación, puesto que, sería subido a bordo de una fragata vigilado y engrillado.
Esto ya se vislumbraba, cuando O'Higgins conversó con Rodríguez sobre la propuesta que, a pesar de la oposición del director supremo, había sido gestionada por San Martín. Había ya una amenaza implícita de O'Higgins, que se transcribe a continuación:
– "Rodríguez, Ud. no es capaz de contener el espíritu inquieto de su genio, y con él va tal vez a colocar al Gobierno en la precisión de fusilarlo, pues que teniendo al enemigo aún dentro del país, se halla en el deber de evitar y cortar los trastornos a todo trance. Es aún Ud. joven, y madurado su talento puede ser muy útil a la Patria, mientras que hoy le es muy perjudicial, por lo tanto, será mucho mejor que Ud. se decida a pasar a Norte-América o a otra nación de Europa donde pueda dedicarse a estudiar con sosiego las nociones de su profesión, sus instituciones, etc., para lo que se le darán a Ud. tres mil pesos a su embarque para pago de transporte y mil pesos todos los años para su sostén. En cualquiera de esos puntos puede hacer servicios a su Patria, y aun cuando no estamos reconocidos, podrá dársele después credencial privada de agente de este Gobierno”.
Responde Rodríguez con lo siguiente:
– "Usted ha conocido, señor Director, perfectamente, mi genio. Soy de los que creen que los gobiernos republicanos deben cambiarse cada seis meses, o cada año a lo más, para de ese modo probarnos todos, si es posible, y es tan arraigada esta idea en mí, que si fuese Director y no encontrase quien me hiciera la revolución, me la haría yo mismo. ¿No sabe que también se la traté de hacer a mis amigos los Carrera?
– Ya lo sé, y por ello es que quiero que Ud. se vaya fuera.
– Bien, pues, pero póngame en libertad para prepararme.
– No, porque marchará arrestado usted hasta ponerlo a bordo, pues estando comunicado puede hacerlo desde el arresto."
Así es como, Benjamín Vicuña Mackenna describiría cincuenta años después, el supuesto diálogo entre Bernardo O'Higgins y Manuel Rodríguez.
A pesar de los esfuerzos, por parte de los familiares y connotados patriotas amigos de Rodríguez, así como la simpatía que San Martin tenía por este, intercediendo para permitir que O'Higgins desistiera del proceso, los argumentos fueron inútiles.
El director supremo, capitán general Bernardo O'Higgins, había tomado una decisión.
Próximo Capítulo: La Dictadura de Lautaro
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