EL AMERICANO UNIVERSAL


Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez Espinosa, conocido como "Francisco de Miranda, el americano más Universal...” nació en Caracas, un 28 de marzo de 1750.

Los orígenes de Francisco de Miranda fueron relativamente humildes. Su padre Sebastián de Miranda, por razones de nacimiento al sospecharse que era mestizo de guanche, pertenecía a la categoría social de los blancos de orilla, clase considerada inferior a los blancos españoles y a los criollos. La familia Miranda era económicamente modesta y vivía dentro del grupo de colonos canarios sin título de nobleza o blancos de orilla llegados a Caracas que, socialmente discriminados en costumbres, trato y nivel, formaban un núcleo aparte de los criollos o mantuanos, de los blancos españoles y los pardos. Así, en esa situación cultural, el 10 de enero de 1762, Francisco de Miranda comenzó sus estudios en la Universidad de Caracas bajo la regencia del Dr. Antonio Montserrat, y durante dos años estudió latín, los inicios de la Gramática de Nebrija y el Catecismo de Ripalda.

En el año 1764 nace, en el mes de junio, José Gervasio Artigas, en la quinta Ybyray de Asunción, en Montevideo del virreinato del Perú.

El pequeño formaba parte de una de las familias más acaudaladas de Montevideo, su padre Martin José Artigas Carrasco, era propietario de algunos campos y fue el primer capitán de milicias de Montevideo, desempeñando el cargo de oficial real de la ciudad. Fue el tercero de los seis hijos del matrimonio Artigas Pasqual.

Desde ese año, 1764 hasta 1766, en la Universidad de Caracas, Francisco de Miranda cursó estudios en la Clase de Mayores, donde profundiza sus conocimientos de latín mediante el estudio de los escritos clásicos de Cicerón y Virgilio, para completar sus estudios en Gramática de Nebrija, nociones de historia sagrada y profana, religión, aritmética y geografía. Por testimonio personal de Miranda se sabe que algunos de sus maestros fueron los doctores Domingo Velásquez, Francisco José de Urbina y Gabriel Lindo. Finalmente, se inscribió en el curso de Artes, estudiando además Lógica, Física y Metafísica, por lo que obtuvo el título de bachiller que permitía el acceso a Teología, Jurisprudencia o Medicina. No se sabe de forma fidedigna si Miranda llegó a obtener el título de médico y solo se cuenta con su testimonio personal, que afirmaba haberlo recibido con 17 años de edad.

 

A partir de 1767 se produce una interrupción en los estudios de Francisco Miranda que, posiblemente se vieron afectados por las circunstancias vividas por su padre, al ser nombrado capitán de las Milicias de Blancos de Caracas. Eso era algo que incomodaba a los Mantuanos, pues había alcanzado una distinción social importante al convertirse en un personaje de cierta influencia siendo un simple comerciante isleño, por lo que éstos criollos, empezaron a crear intrigas para desacreditarlo y para que fuera sacado de la vida pública.

Todas las dificultades de su familia, que no le permitían desarrollar una vida llena de planes futuros en una sociedad tan clasista como la caraqueña, influyeron en Miranda para que decidiera, con poco más de 20 años, marcharse a España.

Se embarcó el 25 de enero de 1771 en la fragata sueca Príncipe Federico, desde el puerto de La Guaira en el caribe... Francisco de Miranda estaba dispuesto a servir como militar en el Ejército Realista español.

 

En la monárquica sociedad Caraqueña entretanto, el enfrentamiento del padre de Miranda, con dos de los mantuanos de fuste y abolengo, como Don Nicolás de Ponte y Don Martín Tovar Blanco, cuyos descendientes posteriormente terminaron contándose entre los republicanos, fue encarnizado y sólo se solucionó cuando el rey Carlos III ordenó a los caraqueños que se le permitiera a Sebastián de Miranda el uso del uniforme y el bastón por considerársele hidalgo, lo que fue reconocido en 1772, cuando su hijo Sebastián Francisco ya tenía un año fuera de Venezuela y se había asentado en España.

El Madrid de entonces, donde Miranda eligió su ciudad de residencia, en lo intelectual y social concentraba su vida literaria en la Fronda de San Sebastián, lugar frecuentado por ilustres escritores, y desarrollaba una actividad cultural pujante, a la que contribuyeron notablemente, la obra de la Real Academia, las sociedades económicas y el auge de las imprentas.

 

Los centros de distracción cotidianos en los que la Nobleza no podía evitar el contacto con el pueblo, «la plebe» dependiente y desposeída, eran la Plaza de Toros y los teatros populares. Allí, se entremezclaban las costumbres mundanas con las cortesanas, pero también era el Madrid en el que la Santa Inquisición vigilaba por todas partes a modo de policía cultural y política, a moros y cristianos.

Es en esta época madrileña, en la que Miranda tiene sus primeras impresiones del mundo fuera de Venezuela, y es cuando comienza a incrementar su biblioteca personal, en la que mantuvo una lista detallada como archivo personal y empezó a tener incluso libros que estaban prohibidos por la represiva Inquisición. Coleccionaba libros de matemáticas, arte militar, historia, religión, filosofía y literatura, formando parte de sus lecturas diarias. La naturaleza y el número de libros adquiridos en Madrid, son una indicación precisa de que, a pesar de la presencia Inquisidora, existía en la ciudad un ambiente intelectual muy amplio.

Muchos de esos libros, entre los que destacan las obras de Maquiavello, La destrucción de las Indias, manuscritos de Fray Bartolomé de Las Casas; obras de lord Bolingbroke, Burke y Locke; Los principios del arte militar de Federico de Suecia; El arte de la guerra, de Puyssegur; la Táctica de Guibert; La historia filosófica del Abate Reynal; Los principios de política natural de Burlamaqui; los Comentarios escritos de Julio César;  así como obras de Pope y Virgilio; constituyeron para Miranda enseñanzas definitivas y los mantuvo cerca de él durante el resto de su vida. Asimismo, se ejercitó con la geografía mediante el uso de mapas y globos terráqueos y, como quería presentarse para obtener el grado de Capitán en el Ejército real, se empeñó en estudiar táctica, arte, arquitectura e ingeniería militar, artillería, fortificación y ataque de plazas.

Así, de forma autodidacta y después de una concienzuda preparación, junto al pago de 85.000 reales de vellón, dio el examen y obtuvo una Patente de Capitán según, el trámite administrativo correspondiente, que le fue concedida el 7 de enero de 1773 mediante escritura notarial.

Después de serle concedida la patente real, el ahora Capitán Francisco de Miranda, fue asignado al Regimiento de Infantería de la Princesa, cuerpo armado al mando del mariscal de campo Juan Manuel de Cajigal y Montserrat, iniciando así su anhelada carrera militar.

En esta época juvenil, tuvo que compaginar a la vez, la vida social con su actividad castrense, que ya no fue militar de estudio, sino un empírico de combate. Enfrentó problemas disciplinarios dentro del Ejército real y su carácter fue evolucionando, de forma que siguió cultivándose intelectualmente con libros que inevitablemente hicieron que la Inquisición comenzara a vigilar sus actividades.

 

El 9 de diciembre de 1774 tuvo lugar su primera hazaña militar, durante el sitio de Melilla, en el que las fuerzas españolas lograron rechazar a las del sultán de Marruecos Sidi Muhammed Ben Abdallah. En dicha acción, Miranda presentó al comandante español Juan Sherlock, un plan para inutilizar la artillería enemiga mediante una operación comando tipo guerrillera, que él mismo estaba dispuesto a dirigir.

El sitio de Melilla fue llevado a cabo durante algunos meses, hasta el 19 de marzo de 1775. Después, en julio de ese año, Miranda fue enviado con las tropas españolas destinadas a conquistar Argel, en una acción militar que fracasó estrepitosamente y de la que logró escapar por milagro, a pesar de estar herido en las piernas y de que su mosquete había sido destrozado por una bala enemiga.

Aunque la epopeya de las acciones realizadas y del peligro enfrentado le convirtió en un combatiente ejemplar, Miranda no obtuvo condecoración o ascenso alguno y fue destinado a la guarnición de Cádiz.

Corría el año 1776 y a los doce años, José Artigas se trasladó al campo, en tierras pertenecientes a su familia, para dedicarse a las tareas agrarias rurales.

Observando a los habitantes del lugar, los gañanes y gauchos, se hizo hábil en el manejo de las armas y los caballos de la pampa.

En 1778 su nombre aparece en los registros de la Cofradía del Santísimo Rosario y se pierde su rastro historiográfico, hasta los apuntes de la zona norte en la Banda Oriental, sobre faenas clandestinas de contrabando.


Siguiente capítulo: Los hijos de la América Española

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