CONGRESO ANFICTIÓNICO


 

Mientras la isla de Chiloé en el sur de América, era considerada como el último reducto español de Sudamérica y producto del fracaso de la expedición anterior, en que se había intentado liberarla, Ramón Freire Serrano decidió que sería conquistada y anexada a territorio chileno bajo su mando, por lo que en 1825 dimitió al gobierno de Chile. Pero en reunión legislativa del Congreso, para mantenerlo en el cargo de Director Supremo, se autorizó suspender los efectos de la constitución de Egaña para que, en nombre de Chile el 14 de noviembre partiera al mando de 2500 hombres a la campaña liberadora.

Parte de la escuadra que liberó al Perú, desembarco en la isla y se enfrento a los realistas en las batallas de Pudeto y Bellavista, donde acabó definitivamente con las fuerzas españolas y tras la rendición, el 19 de enero de 1826 se firmo el tratado de Tantauco, que incorporo todo el archipiélago a la soberanía de Chile.

 

Ese año también, se llamó a todas las repúblicas libres de américa, que habían logrado su independencia de España, al “Congreso de Panamá”, convocado por el libertador Simón Bolívar para conformar una asamblea diplomática que tuviera lugar en el páramo de Panamá y resolviera las disputas o controversias buscando la unidad de la “Patria Grande”, encuentro designado a menudo por el libertador como “Congreso Anfictiónico de Panamá” en recuerdo de la Liga Anfictiónica de Grecia antigua.

El congreso fue invocado legalmente por el patriota peruano José Faustino Sánchez Carrión, nombrado por Bolívar ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores del Perú, quien compartía plenamente la idea federalista de la unidad hispanoamericana y fue, quien cursó la invitación a todos los gobiernos americanos de origen hispano, declarando explícitamente el objetivo de buscar la unión o confederación de los estados de América, sobre la base de los anteriores virreinatos realistas, para conformar un proyecto de unificación continental como lo había ideado el precursor de la independencia hispano americana, el prócer venezolano Francisco de Miranda.

A pesar de que la idea era solo convocar a las repúblicas independientes de raíz hispana, el presidente de Colombia Francisco de Paula Santander se desentendió de la idea bolivariana, enviando invitaciones a Estados Unidos junto con Gran Bretaña, a pesar que ésta ultima aún administraba algunos reductos coloniales en América, para que enviaran representantes.

El gobierno boliviano estaba presidido por el mariscal Antonio José de Sucre, compañero de armas de Bolívar y uno de los principales partidarios de éste, por lo cual se daba por asegurada la asistencia de una delegación del país.

El gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata recibió la invitación directamente de Bolívar, pero los intereses argentinos del momento, estaban centrados tanto en el ámbito interno, con la organización política del país amenazada por los caudillos federales y en el ámbito externo, las preocupaciones argentinas estaban en la Guerra con Brasil, para mantener a la Banda Oriental como una provincia de Argentina y de fortalecer los vínculos comerciales con Gran Bretaña, priorizando acuerdos con esta nación antes que con el resto de Sudamérica, por lo cual hubo escaso interés en el Congreso.

El presidente Bernardino Rivadavia por lo tanto, se hallaba en pugna con el Imperio del Brasil y prefería, contar con el apoyo bélico de todas las provincias argentinas para superar la crisis, en vez de esperar apoyo de Bolívar; asimismo, la mayoría de los políticos argentinos, incluyendo al propio Rivadavia, bajo la influencia de los lautarinos, de los masones ingleses y agentes representantes comerciales norteamericanos, desconfiaban del proyecto bolivariano y temían que esto, significara el inicio de una "hegemonía" de la Gran Colombia en América del Sur sin percatarse de la hegemonía imperial masónica de potencias externas.

Paraguay, aunque ya era un estado independiente desde 1811, estaba gobernado por el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, partidario de una política de completo aislacionismo. Ante este panorama y su anterior rechazo a coordinar acciones conjuntas, Paraguay no fue invitado al Congreso de Panamá.

Chile fue invitado, pero el gobierno chileno dirigido por Ramón Freire, que no mostraba simpatías por Simón Bolívar ni por su enorme influencia política sobre los países sudamericanos con costas en el Océano Pacífico, decidió no asistir. Además, la fuerte pugna política entre liberales pipiolos y conservadores, reducía por parte de los políticos chilenos dominados aun por la Logia Lautaro e influenciados por el enviado norteamericano Cónsul Poinsett, la preocupación por el proyecto bolivariano, del cual además desconfiaban por la campaña ideológica de Poinsett contra Bolívar, prefiriendo basar su política externa, igual que Argentina, en mantener buenas relaciones con sus ya principales socios comerciales; la Gran Bretaña y los Estados Unidos.

El Congreso se llevó a cabo en el antiguo convento de San Francisco de la ciudad de Panamá y logró instalarse el 22 de junio de 1826 con la asistencia de dos representantes por cada país concurrente. La Gran Colombia que abarcaba los actuales estados de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá, sumado a Perú, México y las Provincias Unidas del Centro de América, que comprendía las actuales repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, con las intervenciones de sus representantes, iniciaron las sesiones del congreso.

El propio Bolívar se abstuvo de intervenir en las sesiones al considerar incompatible su presencia allí, mientras desempeñaba la presidencia en el gobierno del Perú.

Los temas de discusión en la agenda del Congreso eran los siguientes:

1.   Renovación de los tratados de unión, liga y confederación;

2.   Publicación de un manifiesto en que se denuncia la actitud de España y el daño que ha causado al Nuevo Mundo;

3.  Decisión sobre el apoyo a la independencia de las islas de Cuba, Puerto Rico, Canarias y Filipinas;

4.  Celebración de tratados de comercio y de navegación entre los Estados confederados;

5.  Efectiva aplicación de la Doctrina Monroe de los Estados Unidos, en contra de las tentativas españolas de reconquista;

6.  Organización de un cuerpo de normas de derecho internacional;

7.  Abolición de la esclavitud en todos los Estados confederados;

8.  Contribución de cada país para el mantenimiento de los contingentes militares comunes;

9.  Adopción de medidas de presión para obligar a España al reconocimiento de las nuevas repúblicas y

10.         Fijación de las fronteras nacionales con base en el principio de uti possidetis, tomando como base el año 1810.

 

El pleito entre Perú y la Gran Colombia por la provincia de Guayaquil, así como el litigio entre México y Centroamérica por la región de Soconusco (actual Chiapas) impidió discutir la aplicación del “uti possidetis” como criterio para la delimitación territorial, tomando como base el año 1810.

Ante el fracaso de las conversaciones sobre este tema y para evitar el agravamiento de las pugnas ya existentes, estas cuestiones no se resolvieron en el debate, encargando la definición de fronteras a los acuerdos bilaterales entre cada país.

La negativa de los Estados participantes a reducir sus aranceles, impidió todo intento de fijar acuerdos preferenciales de comercio, al ser evidente los desequilibrios en la balanza comercial de cada asistente.

Estos países eran dependientes de los aranceles como fuente de ingresos para sus gobiernos, por lo cual, se negaron a toda concesión al respecto.

La exigencia del observador británico Dawkins, para contar con acuerdos comerciales de manera separada con cada estado, impidió las posiciones comunes entre los países hispanoamericanos por lo que el Congreso, decidió mantener el statu quo sobre los aranceles y el comercio.

El intento de estimular la independencia de Cuba y Puerto Rico, también recibió la opinión contraria del observador británico; quien advirtió, además, los riesgos de lanzarse a una guerra contra España en la región del Mar Caribe, donde otras potencias como la propia Gran Bretaña y Francia, poseían colonias.

 

En Bolivia, las pugnas políticas causaron demoras en la designación de los delegados bolivianos y cuando éstos, quedaron listos para embarcarse hacia Panamá, se supo que el Congreso había concluido en dicha ciudad. Además, el clima político boliviano se había tornado desfavorable a Sucre y por ende, contrario a los planes de Bolívar, lo que impidió que se pudiera contar con la participación boliviana.

El Congreso dejó de sesionar el 15 de julio de ese año, en el hoy denominado Palacio Bolívar.

El hecho que, al terminar el año 1826, apenas uno de los cuatro estados participantes ratificara los ya limitados acuerdos de Panamá, causó que el propio Simón Bolívar considerase al Congreso Anfictiónico como una experiencia fallida, conclusión a la que arribó el Libertador poco después que concluyeran las sesiones, señalando que:

 "El Congreso de Panamá sólo será una sombra".

En relación a las ideas de unidad de las naciones independientes expresadas por Bolívar en este Congreso, se conoce que, entre la propia Cancillería de Washington y sus agentes diplomáticos en Quito, Bogotá, Lima o Santiago, se intercambiaban correspondencia confidencial y ultra secreta. En ella se expresaban de Simón Bolívar según los términos, tomados de algunos pocos ejemplos de los cientos que existen:

Se le reconocía como “...tratadista teórico de propósitos flotantes e indigestos...”,

Se les solicitaba a “...todos esos Estados –Chile y Buenos Aires– se unirán para oponerse a la influencia del Dictador...”,

Se les confidenciaba que “...muchas importantísimas cartas de Bolívar... arrojan considerable luz sobre sus designios y serán una ayuda poderosa para Santander... contra los pérfidos designios del Usurpador...”

Apelaban también a “…la esperanza de que los proyectos de Bolívar están ahora efectivamente destruidos, es una de las más consoladoras...”.

Queda claro, que a la nación masónica de norte América, no le convenía la unidad de la gran región sudamericana.

El salón donde fue celebrada dicha convención, recibe el nombre de Salón Bolívar y reposan allí una espada del Libertador, junto con los originales “Protocolos del Istmo”, primeros acuerdos firmados por los ministros plenipotenciarios que asistieron a esta reunión en 1826.

Después de la muerte de su padre, Manuela Sáenz regreso al Perú para continuar con Bolívar, cumpliendo las funciones de archivar los documentos del libertador y utilizaba el uniforme de militar patriota cuando acudía a sofocar algún levantamiento contra Bolívar. Se incorporó al partido bolivariano hasta culminar la gesta libertadora y una vez aprobada la Constitución de las nuevas naciones, decidieron volver al norte y se radicaron en la ciudad de Bogotá.

 

En Chile, la joven republica en medio de una creciente agitación política, buscaba la mejor forma de gobierno, por lo que Ramón Freire renuncio al cargo de Director Supremo para pacificar al partido pipiolo y a los liberales que, en el cambio de gobierno eligieron a Manuel Blanco Encalada como el primer Presidente de Chile.

Se inicia así, tardíamente para el congreso de Panamá, un proceso de federalización que provoca problemas de gobernabilidad por las normas ejecutivas que resultaron inaplicables y después de varios cambios de gobiernos, por medio de golpes y sublevaciones, Ramón Freire al mando de las tropas y a pedido del Congreso Nacional, retoma el poder como Presidente provisional, para convocar a un nuevo proceso constituyente.

Una vez creada una comisión constituyente, además de la pacificación política del Congreso, Freire renuncia a la presidencia el 5 de mayo de 1827, asumiendo don Francisco Antonio Pinto como Presidente y una vez entregado el poder, el héroe de Concepción se retira a su hacienda de Cachagua.

 

En el norte, Bogotá gozaba con los tiempos del corto esplendor de la Gran Colombia. Manuelita militaba activamente en el partido bolivariano y se encargaba de llevar los archivos del Libertador. Durante el día vestía de soldado y junto a sus fieles esclavas, amigas de siempre, se dedicaba a patrullar la zona.

A principios de 1828, el Perú había intervenido en Bolivia y se negaba a permitir la intervención de Colombia en los asuntos de la república Alto peruana. El 3 de junio, la Gran Colombia, por intermedio de Simón Bolívar, le declaró la guerra a la República Peruana. En el transcurso de este conflicto, el Perú avanzó al interior del "Departamento del Sur" de Colombia, hasta cerca de la ciudad de Cuenca obteniendo decisivas victorias navales mientras que en Nueva Granada se vivía un estado de guerra civil con el alzamiento de los generales José María Obando y José Hilario López.

Durante su estancia en Santa Fe de Bogotá, entre sus otras preocupaciones Manuela Sáenz cuidaba las espaldas de Bolívar. El 25 de septiembre de 1828, los enemigos de Bolívar se habían conjurado para darle muerte aquella noche de septiembre, activando un intento de asesinato.

Al entrar al palacio de San Carlos, frente al teatro Colón, gracias a su intuición Manuela se da cuenta del atentado y en una valiente intervención, se interpone a los conspiradores a fin de que Bolívar tuviera tiempo de escapar, mientras su protegido huía descolgándose por una ventana; a raíz de este acontecimiento Bolívar, de regreso a palacio, le dijo:

 "Eres la Libertadora del Libertador".

Por estas acciones, Bolívar mismo la comisionó, como parte de la plana mayor del ejército, a llevar la jefatura del proceso investigativo que, apuntaba a los colombianos partidarios de Santander.

Tras las investigaciones posteriores, los responsables del atentado fueron capturados y los antecedentes entregados por estos, apuntaban a una conspiración de Francisco de Paula Santander, quien fue acusado de traición, siendo encontrado culpable del atentado.

Posteriormente, terminado el juicio fue degradado de su rango militar, expulsado deshonrosamente y condenado a morir fusilado por la espalda; pero se le perdonó la vida y fue desterrado.

 

Tras ser pacificadas las discrepancias políticas por Bolívar y reorganizadas las fuerzas, el ejército colombiano inició una ofensiva terrestre contra los peruanos, que culminó en la Batalla del Portete de Tarqui el 27 de febrero de 1829 con la victoria de las tropas colombianas del mariscal Antonio José de Sucre, sobre la vanguardia del ejercito peruano y el 28 de febrero, se firmó el Convenio de Girón.

Pero con la firma del convenio, el conflicto de Perú y Colombia se mantuvo vigente durante el resto del año, hasta que las negociaciones alcanzan un punto de consenso y se llega a un nuevo acuerdo y el 22 de septiembre, donde se firma el Tratado de Guayaquil, en aras de una salida diplomática, manteniéndose el statu anterior a la guerra.

 

Ese año, tras una sublevación en contra del gobierno chileno, usando al general Prieto en el sur, pero dirigida por la masonería lautarina y los estanqueros de Diego Portales, el general Ramón Freire es convocado por sus partidarios y regresa a la política de Chile.

Instaurada una nueva Junta de gobierno en la capital Santiago, ésta entrega el poder al presidente del senado, el conservador Francisco Ruiz Tagle Portales, al que Freire no reconoce como Director del gobierno, e intenta poner orden a la situación inconstitucional, por lo que toma el mando del ejército para dirigirse a contener las tropas del sur, comenzando de esta manera una guerra interna en Chile.

 

A principios de 1830, inmersa ya en un proceso de desintegración, la Gran Colombia convocó en Bogotá el que sería su último congreso unitario.

Requerida su presencia, Antonio José de Sucre acudió como representante de la provincia de Cumaná y fue nombrado presidente del evento.

Las propuestas de Sucre se orientaron al diálogo y la concertación, con los departamentos que todavía conformaban la República.

Como parte de la estrategia, Sucre encabezaba la comisión que partía a tierras venezolanas para negociar las condiciones de ruptura y revertir esa decisión.

En el viaje a Venezuela, que para esa fecha había entregado el poder a José Antonio Páez, quien desconocía la autoridad de Bolívar, ordenó la detención de Sucre una vez llegada la comitiva a Cúcuta; debía permanecer en esa ciudad, bajo la custodia de las autoridades, hasta que llegaran los emisarios del gobierno con quienes debía dialogar.

Sucre les propuso, además de acogerse a la Constitución colombiana, que ningún general o ex general del Ejército Libertador pudiera ejercer cargos de presidente en los departamentos venezolanos. En el trasfondo, su intención era contradecir el rumor esparcido por los opositores al partido bolivariano y los representantes del gobierno norteamericano de que él o Bolívar, estuvieran aspirando al cargo para mantener el poder absoluto.

La negociación fracasó y Sucre, después de regresar a Bogotá e informar al congreso del resultado de sus gestiones, abandonó Colombia invadido por una profunda frustración.

 

Próximo Capítulo: Patricios Mercantiles


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