ACCIONES GUERRILLERAS Y EL EJÉRCITO DE LOS ANDES
A pesar de la oposición del director supremo de las provincias unidas del Río de la Plata, Carlos María de Alvear, quien mantenía las disputas con José de San Martín a pesar que, eran cofrades desde Cádiz con Los Caballeros Racionales hasta la división en la Logia Lautaro, San Martín se las arreglo para organizar el Ejército de los Andes.
Los exiliados y refugiados chilenos, que esperaban en El Plumerillo reunidos por O'Higgins, se unieron en un solo ejército a las tropas de San Martín, compuestas en las milicias locales de Cuyo mas una gran cantidad de voluntarios de su provincia y varios oficiales del Ejército del Norte, que llegaron a Mendoza durante la segunda quincena de febrero.
Ante esta realidad, el director supremo Albear propuso utilizar su ejército rioplatense para una expedición a Chile y avanzar en la guerra contra los realistas.
Según el, la estrategia era la de atacar a los ejércitos del rey indirectamente, llegando hasta la ciudad capital de Lima no a través del Alto Perú sino a través de Chile, con el ejercito del norte que se encontraba en Mendoza. Pero el Cabildo de Buenos Aires, dirigido por Antonio José de Escalada suegro de San Martín, quien era entonces su Regidor y Alcalde de primer voto, se negó indicando que se requerían las tropas para la defensa de Buenos Aires en caso de ataque realista. A nombre de San Martín, solicito al Cabildo encomendar al gobernador de Cuyo, la misión propuesta por Alvear y también obtuvo que los batallones del Regimiento de Granaderos a Caballo, desperdigados entre varios destinos, le fueran enviados a Mendoza.
En las provincias de Cuyo, el general San Martín había impuesto a los criollos hacendados y especialmente a los realistas, fuertes gravámenes impositivos para que contribuyeran al esfuerzo bélico y había transformado la ciudad en un gran cuartel en que la actividad y el entrenamiento no se detenía. El espíritu bélico era tan acentuado que hasta los escolares efectuaban ejercicios militares.
Mientras la Banda Oriental, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes, Córdoba y las provincias de Cuyo, manifestaron su disconformidad con Alvear al que le endilgaban representar al centralismo porteño.
Ante el creciente descontento, Alvear se propuso intimidar al espíritu público mediante un drástico bando, por el cual se condenaba a muerte a quienes criticaran a su gobierno.
Dado que el peor enemigo para la causa del centralismo porteño de Albear era Artigas, que dominaba la campaña de la Banda Oriental y estaba extendiendo su influencia a las provincias del litoral, ordenó evacuar Montevideo.
Envió al almirante Brown a proponerle a Artigas, a cambio de la retirada de éste de las provincias del litoral, la independencia de toda la Banda Oriental, como si fuera este pequeño designio el que llevaba el Jefe de los Orientales. El ofrecimiento fue altivamente rechazado por Artigas.
Simultáneamente, el director supremo envió un ejército para tomar Santa Fe y cruzando Entre Ríos, intentar atacar la Provincia Oriental bajo el mando de Francisco Javier de Viana.
Pero el coronel Ignacio Álvarez Thomas, jefe de la vanguardia del ejército, se puso en contacto con enviados de Artigas y declaró su rebelión contra Alvear, negándose a usar sus propias fuerzas en una guerra civil. El 3 de abril de 1815, en la posta de Fontezuelas, cerca de la actual ciudad de Pergamino actual provincia de Buenos Aires, Álvarez Thomas se pronunció contra el Director Alvear y produjo el motín de Fontezuelas.
La ciudad de Buenos Aires, hasta entonces un bastión del unitarismo, que era encabezada por la logia dirigida indirectamente por San Martín, se plegó al movimiento para deponer al director supremo del Directorio. A la sublevación militar de Álvarez Thomas se sumó el Cabildo de Buenos Aires y el general Miguel Estanislao Soler.
Tras la débil resistencia del coronel Enrique Paillardell, Alvear debió renunciar a su cargo solo tres meses después de haberlo asumido y refugiarse en una fragata de guerra inglesa.
Sus oficiales y partidarios de La logia, incluido Posadas, fueron arrestados y junto con su Directorio, cayó también la Asamblea.
Posteriormente, Carlos Maria de Alvear se dirigió a Brasil.
Sin más recursos en la Argentina, José Miguel Carrera decidió apelar a sus conocidos de Estados Unidos, principalmente a Joel Roberts Poinsett, quien se convirtiera en su amigo cuando fue gobernante. Así fue como se embarcó a bordo del Expedition, con un pasaje pagado por el cónsul, sin dinero y sin hablar el inglés, que aprendió y logró dominar en los tres meses que duró el viaje en barco.
El año 1815 Manuel Javier Rodríguez Erdoíza, amigo y secretario de José Miguel Carrera, dejo las letras y se entregó por completo a la causa militar como guerrillero de las fuerzas patriotas.
Secretamente, cruzo la cordillera hacia el valle de Los Andes y tomo contacto con su amiga Águeda Monasterio, viuda del francés Paul Latapiat, una antigua familia patriota que no había querido exiliarse en Mendoza y la recluto para trabajar en clandestinidad.
En ese valle, se formó una red de espionaje que se encargaría de traspasar la información hacia El Plumerillo al general San Martín, donde uno de los guerrilleros informantes del sector fue su amigo Manuel Fuentes.
Luego, Rodríguez se trasladó al valle de Colchagua, donde implementaría otra red de espionaje, contactando al famoso bandido Miguel Neira para formar una guerrilla que actuara en el valle central.
Es curioso como, un citadino letrado y acostumbrado a la vida cómoda de oficina, asiduo a los baratillos, posadas, peñas y burdeles, se haya convertido en un eximio jinete, o ladino huaso experto en el lazo y el manejo del corvo, para escabullirse entre los gañanes y peones marginales o criollos del bajo pueblo campesino.
De todos los espías patriotas, el más útil fue Manuel Rodríguez, su nombre llegó a ser amado por el pueblo y temido por el nuevo gobernador de Chile Casimiro Marcó del Pont que puso precio a su cabeza.
Mientras Tanto, Simón Bolívar decidió abandonar su cargo en la Nueva Granada y partir a Jamaica, en el buque La Découverte, llegando a la isla el 14 de mayo de 1815.
Con fecha del 6 de septiembre de ese año, Bolívar escribió la famosa “Carta de Jamaica”, en la cual justificaba la rebelión de los Criollos, tanto caribeños como continentales y llamaba a la lucha para la independencia americana. En su carta rescataba y exponía el proyecto de Francisco de Miranda, sobre la formación de la gran Confederación de Colombia.
El 19 de diciembre, convencido en formar una expedición libertaria, Bolívar salió de Jamaica para solicitar la ayuda del gobierno de Haití. Llegó al puerto de Los Cayos el 24 del mismo mes y con la ayuda encubierta del gobierno haitiano independiente y del experimentado almirante Luis Brión, Bolívar organizó la conocida Expedición de los Cayos, conformada por más de mil hombres, entrenándolos durante los siguientes meses para formarlos como soldados.
El 23 de marzo de 1816 teniendo preparadas las fuerzas patriotas con haitianos del caribe, Bolívar salió con esta expedición militar rumbo a la isla de Margarita.
En esos meses, en las inquietas aguas del Cabo de Hornos, al sur de América, la corbeta en la que navegaba Ramón Freire naufraga cerca de la costa de Tierra Del Fuego.
Una parte de los tripulantes sobrevive en un bote, mientras los demás, perecen en la gélida agua y las mareas, con olas de cinco metros que azotan las rocas y los fiordos, arrastran la frágil embarcación hacia el oriente.
Después de días a la deriva, a duras penas, Freire y los demás sobrevivientes logran arribar a la costa atlántica del extremo sur.
En Chile entretanto, entre los años de 1815 y 1816, Manuel Rodríguez con el conocido bandido Miguel Neira y su banda, logró involucrar al desinteresado bajo pueblo captándolos para la lucha patriota, a fin de llevar el caos y el desorden entre las tropas realistas que asolaban también de crimen y pillaje los campos y haciendas, de cualquiera que ellos consideraran patriotas; y mantuvo informado a San Martin, con la red de arrieros corresponsales que se convirtieron, cuando las circunstancias lo requerían, en guerrilleros o jefes de partidas volantes, que aparecían y desaparecían misteriosamente.
A veces, Manuel era un simple afuerino o un nómada sacerdote franciscano, en otras un peón castigado en un sucio cepo o bien, un chapetón citadino acérrimo realista.
De acuerdo a la tradición oral, su osadía llegó a tal punto, que se atrevió a abrirle la puerta de la calesa al mismísimo Casimiro Marcó del Pont a la salida del edificio gubernamental y recibió una moneda por el servicio de parte del gobernador, aunque Diego Barros Arana pone en tela de juicio, la veracidad de la afirmación, que describió como un hecho solo referido y no documentado.
Entretanto, agobiado en Estados Unidos, José Miguel Carrera esperaba el resultado de la gestión que había solicitado a su conocido Poinsett, hasta que éste, informalmente lo introdujo al despacho del entonces secretario de Estado James Monroe, a través de quien logró entrevistarse con el presidente de la época, Mr. James Madison, quien se excusó de no poder hacer nada por la liberación de los países hispanos de América del Sur, ya que en ese tiempo, Estados Unidos se encontraba en negociaciones para comprar Florida a España.
Carrera reanudó su relación con otro amigo, el comodoro David Porter, quien más tarde lo ayudaría en su estadía. Adicionalmente, en Nueva York logró relacionarse con varios militares europeos de importancia, quienes lo aconsejaron respecto a cómo debía proceder; incluso logró entrar en la logia masónica estadounidense San Juan N°1 de Filadelfia, perteneciente a la “Grand Lodge of Pennsylvania” el 24 de marzo de 1816, según consta en su diario, lo cual le sirvió para hacer contactos que le serían vitales en su misión.
Muchos norteamericanos fueron deslumbrados por Carrera y lo ayudaron, tanto en términos económicos, como prestándose a servir a su lado. Gracias a su estampa, figura y finura en sus modales, resultaba muy convincente y digno de admiración.
Mientras tanto en Chile, su padre era desterrado a Juan Fernández y los bienes de la familia Carrera requisados por los realistas.
Así también, las acciones de los guerrilleros y espías de San Martín, no eran de miel sobre hojuelas, muchos de ellos fueron asesinados sin juicio por el capitán San Bruno, sanguinario lugarteniente de Marco Del Pont, en especial las mujeres del bajo pueblo que trabajaban con Rodríguez, las que eran abusadas, torturadas y ahorcadas públicamente.
En este estado represivo, la Conocida Águeda Monasterio recogía información en Santiago, llevándola a sus fundos de El Algarrobal y La Monja, en Rinconada de Los Andes, para pasarla a los mensajeros baqueanos que cruzaban la cordillera, hasta que a fines de 1816 fue descubierta con cartas para San Martin, por lo que fue encarcelada y torturada, junto a su única hija. Fue así como pasó sus últimos días casi sin comida, enfermándose para morir en prisión.
Pronto, la figura de Manuel Rodríguez adquirió el relieve y la aureola de la leyenda con sus acciones de gran riesgo, frente a las mismas espaldas de los realistas.
Sus hazañas fueron la comidilla de las tertulias de la ciudad. Rodríguez normalmente hostigó a esas fuerzas militares en sus viajes al interior de Colchagua, a donde viajaba frecuentemente desde Mendoza y Uspallata, pasando por Los Andes, Curacaví, Melipilla, Alhué y Marchigüe, dejando innumerables testimonios de inteligencia militar.
Esta ruta le permitió eludir las fuerzas realistas y asestar certeros y efectistas golpes en San Felipe, Santiago, Melipilla y San Fernando.
Otras veces cruzaba por el Paso sureño del Planchón, cuyos planos sirvieron a Ramón Freire meses más tarde, durante la reconquista de Chile.
En las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1816, después de la renuncia de Carlos María de Alvear y su exilio en Brasil, José de San Martín fue confirmado como gobernador de la provincia de Cuyo por elección popular.
Poco después del nombramiento del general Juan Martín de Pueyrredón como nuevo director supremo del Río de La Plata, San Martín se reunió con él en Córdoba, donde discutieron largamente su plan de campaña sobre Chile y Perú.
El 20 de mayo de 1816, Tomás Guido presentó una Memoria oficial, en la que se expuso detalladamente el plan, que fue aprobado por la Logia Lautaro y mandado a ejecutar por el director Pueyrredón.
Al mismo tiempo San Martín presionó a los diputados cuyanos al Congreso de Tucumán, para declarar la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, objetivo conseguido el 9 de julio de ese año.
Para financiar su campaña, además de los cuantiosos aportes de Pueyrredón, obligó a seguir pagando contribuciones obligatorias a todos los comerciantes y hacendados, además de exigir a los que no enviaban a sus hijos para el ejército patriota, le entregaran los peones o esclavos para formarlos como milicianos. A cambio, se les extendía un vale que cobrarían “cuando las circunstancias lo permitieran”.
En cambio, tuvo muy pocos miramientos para confiscar los bienes de todos los españoles que no se destacaran en la ayuda a la causa de la independencia.
El Plumerillo, bullía de actividad fabril secreta. Allí formó a sus soldados y oficiales, fabricó armas como sables, fusiles, cañones, municiones y pólvora, además de fornituras y uniformes.
Tuvo que ocuparse de engordar mulas y caballos, fabricar arneses, huinchas, riendas y colocarles herraduras.
El jefe de sus talleres, fray Luis Beltrán, inventó un sistema de poleas para pasar los precipicios con los cañones y otro de puentes colgantes, ambos transportables.
La sanidad del ejército estaba en manos del cirujano inglés James Paroissien. El coronel José Antonio Álvarez Condarco se encargó de realizar los planos de los distintos cruces de la Cordillera de los Andes.
Antes de iniciar la marcha, reunió nuevamente a los caciques mapuches y les pidió permiso para invadir Chile a través de sus tierras. Alguno de estos caciques ya le había contado a San Bruno que se preparaba el ejército y le hizo llegar esa noticia al capitán general de Chile Casimiro Marcó del Pont, por lo que este creyó que el grueso del ataque sería por el sur, lo que lo llevó a dividir sus fuerzas.
El ahora denominado General O`Higgins con su reorganizado “ejército de Chile”, formado por sus leales y partidarios, reconoció al general San Martin con el grado de capitán general.
Pero, por esta demostración, que se extractan de documentos oficiales, se concluye que, al organizarse el Ejército de los Andes, no se creó cuerpo ni fuerza alguna bajo la bandera de Chile, por las siguientes razones:
1. Porque el pensamiento del plan, el territorio usado, la autoridad creadora y los elementos técnicos artesanales y económicos, todo era del lado argentino y habría sido un absurdo formar un cuerpo, bajo una bandera distinta.
2. Porque las tropas chilenas que, con José Miguel Carrera emigraron a Mendoza, en octubre de 1814, el general San Martín las despachó todas a Buenos Aires con el coronel Alcázar, diciendo de oficio al Gobierno que ― “no quiero emplear á esos soldados que sirven mejor á su caudillo que á la Pátria”. ―
Claro que, no obstante, el general San Martin con aprobación de la Logia y del Gobierno, organizó un cuadro de oficiales chilenos emigrados con sus respectivos jefes, como para llenar su dotación con soldados del enemigo que se pasaran en la campaña, con voluntarios que se presentaran o, con reclutas que se le destinasen.
Siendo de advertir, además que, ni aún este cuadro siguió al ejército en su marcha, sino que después de la victoria de Chacabuco, parte de los soldados que se habían quedado, los que no siguieron con Carrera, marcharon de Mendoza a Chile.
Contrariamente a lo pretendido por el director supremo Pueyrredón y sus partidarios, para enfrentar a la confederada Liga de los Pueblos Libres, José de San Martín se negó a distraer su esfuerzo bélico de las campañas emancipadoras en Chile y en Perú, para enfrentar a los federales en el litoral del Río de Plata y entró en correspondencia con el caudillo unitario José Gervasio Artigas para acordar apoyo, a la campaña contra el Perú.
Por este motivo los “directoriales unitarios” de la Liga, en particular Bernardino Rivadavia, llegaron a acusarlo de “traidor”.
Así las cosas, mientras el ejército de Los Andes afinaba los últimos detalles, en el norte de América Bolívar desembarcaba en la isla de Margarita a mediados de 1816, decidido a lograr desde el principio el reconocimiento de su liderazgo. El 3 de mayo y después de obtener un éxito inicial con el líder local Juan Bautista Arismendi que, a pesar de tener prisionera a su esposa en manos realistas, como manera de obligarle a un canje de prisioneros, apoyó a Bolívar aludiendo que:
― “sin patria no quiero esposa”
Arismendi ayudó al libertador en la preparación de la campaña a Ocumare de la Costa, para liberar el continente desde ese extremo hacia el sur.
El 14 de julio de 1816, en el penal de Las Cuatro Torres de San Fernando España, aún en cautiverio un ataque cerebro vascular frustra sus planes de escape y Francisco de Miranda muere, a los 66 años de edad y el 16 de julio de ese año, el continuador de su ideario Simón Bolívar, desembarcó en Ocumare de la Costa, donde emitió una proclama, en la que cambiaba su “decreto a muerte” dictado contra los realistas. En esa misma disposición declaraba que los "españoles europeos" no serían matados salvo que estuvieran combatiendo. Allí declaraba que su “armada confederada” sería la encargada de liberar a toda Venezuela.
La armada de Bolívar contaba solo con seiscientos cincuenta soldados de los que, la mitad, jamás había estado en combate.
En la isla consiguió alistar a unos doscientos descendientes de africanos, con lo que alcanzo una dotación por sobre los mil soldados.
Entretanto en el sur, en una carta fechada en agosto de 1816, José de San Martín se refirió a las islas Malvinas del Atlántico sur.
En el texto, San Martín le pedía al gobernador de San Juan que liberara a prisioneros que se encontraban en Carmen de Patagones y Malvinas, el Puerto Soledad, para que se sumaran al Ejército de Los Andes.
En Buenos Aires mientras tanto, el sobreviviente de los mares del sur Ramón Freire recién llegado a la ciudad, se entera de los preparativos en Mendoza para el cruce de Los Andes, por lo que, sin pensarlo dos veces junto a un par de sus conocidos, enfiló por las pampas hacia Cuyo, en marcha forzada a caballo para unirse al ejercito libertador.
Es así como, el capitán general José de San Martín logró tener listo para partir a un ejército no muy bien aprovisionado y mejor organizado, en el que había orden y mando, gran disciplina, acabada instrucción y un alta moral.
El Ejército de los Andes fue uno de los dos grandes cuerpos militares que, las Provincias Unidas del Río de la Plata, desplegó en la Guerra de Independencia Hispanoamericana; según el parte del estado de fuerza al 31 de diciembre de 1816, el ejército que debería cruzar Los Andes estaba compuesto por cuatro mil cuarenta y seis hombres.
Este ejército contó inicialmente con tres brigadieres, veintiocho jefes, doscientos siete oficiales, 3778 soldados, incluyendo a parte de los oficiales y soldados chilenos que emigraron a Mendoza después de la batalla de Rancagua y entre todos ellos, dos batallones de africanos congoleños llegados como esclavos a Mendoza.
Mientras en las tierras de Colombia y Venezuela, con el envío del batallón Numancia a reforzar las tropas del virreinato peruano, amenazado por los patriotas del Río de la Plata y ante un debilitado ejercito realista, Manuel Piar había derrotado a Morales en El Juncal a finales de 1816 y a partir de 1817 se desarrolló en el norte, un conflicto de poder entre Piar que había liderado la conquista de Guayana y Simón Bolívar.
La armada libertadora en formación, de la Confederación colombo venezolana del norte, corría el riesgo de dividirse.
Próximo Capítulo: El Cruce de Los Andes
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